Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago

Retroceder        Continuar

2. LA HORA DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD ACTUAL

El día de la Mujer Trabajadora es una ocasión más para reflexionar de manera especial sobre la situación de la mujer y, desde la interpretación del momento actual, concienciar de la preocupación por el respeto de su dignidad y su vocación. Ya, en su mensaje final, el Concilio Vaticano II afirmaba: «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso en este momento en que la humanidad conoce una mutación profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar mucho más a que la humanidad no decaiga». La estima de la mujer y de su aportación a la sociedad a todos los niveles, el desarrollo de sus capacidades, el reconocimiento de su especificidad, en particular el valor de la maternidad y del rol social de la misma, harán que la mujer sea más protagonista en la edificación de la nueva civilización del amor y de la vida.

Supuesto que hombre y mujer tienen igual dignidad y deben gozar de los mismos derechos fundamentales, las justas reivindicaciones de la mujer en nuestro tiempo pueden ser un signo del Espíritu que da expresión concreta al relato del Génesis: «creó al hombre a su imagen; varón y hembra los creó» Gn 1, 27. La Iglesia no se siente ajena a las importantes y decisivas cuestiones femeninas que se debaten hoy en el foro mundial, y defiende que «toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino». El Papa Pablo VI en la carta apostólica «Octogesima Adveniens» reclamaba una «legislación sobre la mujer que haga cesar la discriminación efectiva, se oriente a proteger la vocación propia de la mujer y al mismo tiempo, reconozca su independencia en cuanto persona y la igualdad de sus derechos a participar en la vida económica, social, cultural y política». Igualdad de derechos que se extiende al mundo del trabajo y de la familia en la que la función maternal no debe privar a la mujer de su legítima promoción social.

«Es un signo de los tiempos, afirma Juan Pablo II, que el papel de la mujer sea cada vez más reconocido no solamente en el ámbito de la familia, sino también el horizonte más amplio de las actividades sociales». Considero que en estos momentos el análisis sobre la situación de la mujer en nuestra sociedad encuentra fundamentalmente tres referencias: La afirmación de la igualdad, considerando que la igual dignidad de la mujer y del hombre es real en todos los ámbitos de la vida sin que esto suponga igualdad de roles y de funciones; el reconocimiento de la aportación de la mujer al desarrollo y al establecimiento de la paz, valorando sus capacidades en la construcción de la sociedad con su influencia en el campo de la educación, de la política y de la economía; y la urgencia apremiante de erradicar la violencia de la que es objeto, afirmando que todas las violencias, en este caso, contra la mujer en sus derechos y en su dignidad afectan a toda la sociedad que debe arbitrar cultural, política y socialmente los medios necesarios a tal efecto.

La dignidad de la persona en cualquiera de las circunstancias exige que la sociedad haya de propiciar espacios para las expresiones de las mujeres, favorecer la formación de los hombres y de las mujeres en el conocinúento de sus derechos y promover la participación activa de las mujeres en los ámbitos de la cultura, de la política, de la economía y en la misma vida eclesial. En este contexto habrá que recordar que «todo límite impuesto a la maternidad dificulta a la mujer su realización como persona», sabiendo que «la mujer tiene una relación particular con todo aquello que toca el don de la vida» y reconociendo y respetando su trabajo en el hogar por su valor para la familia y para la sociedad. La participación de la mujer en esos espacios no debe ser una excepción sino una realidad normal y ya es lamentable que esto tenga que ser objeto de campaña electoral o de propaganda política.

Especial llamada de atención merece el fenómeno de la violencia que está padeciendo la mujer en el aspecto físico, moral, psicológico y sexual. Esta violencia, signo evidente de la falta de respeto a la dignidad de la persona en la sociedad y amarga realidad de nuestro mundo contemporáneo, debe ser condenada sin reticencia alguna en cualquiera de sus formas. La manipulación de la imagen de la mujer en los medios de comunicación y en la industria publicitaria está generando unas consecuencias que negativamente se reflejan en los comportamientos con ella. Una prueba de ello es el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual o laboral, dando lugar a mahimonios de conveniencias y a prácticas propias de la esclavitud. Este fenómeno, negocio en alza, no puede considerarse como una realidad ajena a nuestro compromiso humano y cristiano: hace referencia y afecta a toda la comunidad humana de la que son miembros las víctimas y los agresores. Es una herida que debe dolernos a todos. Tampoco se puede olvidar la violencia sutilmente ejercida sobre la mujer a través de la imposición de programas orientados al control obligatorio de la natalidad, a la esterilización y al aborto.

No se nos oculta que la cuestión femenina constituye un elemento esencial de un proceso de cuyo éxito depende el destino de la humanidad. La mujer ha de reivindicar un lugar no como el hombre sino con el hombre. Ambos son responsables del destino de una humanidad que necesita del «genio propio» de la mujer.

Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela