Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

Retroceder        Continuar

2. CARTA PASTORAL EN LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD 2001

«HEMOS CONTEMPLADO SU GLORIA» (Jn 1,14)

Queridos diocesanos:

El tiempo litúrgico del Adviento nos prepara ascéticamente, en gozosa espera de la venida del Señor, a celebrar el misterio de la Navidad. Siempre esperamos algo. Cada época espera una «visita de Dios». Así lo manifestamos en la oración litúrgica que dice: «Concede; Señor, a los que vivimos oprimidos por la antigua esclavitud del pecado ser liberados por el nuevo y esperado nacimiento de tu H(jo» (Feria 3 de ¡allí Semana de Adviento).

Navidad y Misterio Pascual

Ciertamente la Iglesia en su liturgia celebra un solo misterio, el misterio pascual en el que se reflejan los grandes misterios de nuestra salvación. En esta conciencia la Navidad nos pone en contacto con las primicias del misterio pascual pues Cristo empezó a merecer por nosotros desde el primer momento de su existencia humana, pues «mediante el misterio de la Encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre» (GS 22). Nos prepara a conocer mejor la Pascua al mostramos en el Redentor al propio Hijo de Dios hecho hombre. También pone a nuestro alcance el modelo trascendente de nuestra filiación sobrenatural, pregonándolo así la liturgia: «Hoy brilla para nosotros el día de la redención nueva, largo tiempo preparada, el día de la felicidad eterna». La creación, la encarnación y la redención son eslabones de una misma cadena que indica y conlleva la participación creciente del hombre en la vida, es decir en la gloria de Dios.

Caminar desde Cristo

Cristo ha asumido nuestra naturaleza para reconciliarla con su Creador. «Es el hombre nuevo que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo; más aún, hacia la meta de la divinización, a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria» (NMI 23). En la celebración de la Navidad se manifiesta el ser de Dios como misericordia y benevolencia para con los hombres: «Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo» (Ef 2, 5). Es una llamada a reconocer la dignidad humana. «Si verdaderamente Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser». La certeza de que el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre nos compromete a caminar desde Él, siendo testimonio del amor de Dios entre los hombres con nuestras palabras y obras.

El compromiso cristiano de Navidad

En medio del prestigio banal de lo negativo, de lo intranscendente y de lo superficial, la Navidad es un buen momento para percibir la cercanía y el amor de Dios, y hacemos cercanos y solidarios a los demás en un compartir fraterno. No camuflemos este acontecimiento con adornos que distraen profundamente nuestra atención. Contemplemos detenidamente al Hijo de Dios hecho hombre si queremos descubrir el auténtico rostro del hombre pues El «manifiesta el hombre al propio hombre» (GS 22). Ningún otro mensaje al servicio de intereses económicos debe obscurecer la gran noticia que nos hace conocedores de nuestra salvación. Vivimos inmersos en un ambiente secularizado, ajeno a la Revelación y en este contexto algunos consideran la salvación del hombre como una consecuencia de un proceso evolutivo, identificándola con el progreso humano ajeno al mensaje cristiano. Otros propugnan la tendencia a separar la salvación de la realidad del mundo moderno, atribuyendo gran importancia a las formas externas de religiosidad y a las pequeñas tradiciones humanas que nada tienen que ver con la tradición viva y perenne de la Iglesia, buscando en el fondo la propia justicia que deriva de la observancia de la ley como falso sentimiento de seguridad ante Dios y de superioridad frente a los demás. Por otra parte hay quienes consideran que es nuestro poder y prestigio lo que hace realidad el Reino de Dios entre nosotros, pensando que existe una relación directa entre nuestra acción y la salvación de Dios. El mensaje revelado es clarividente: «Vivid pues según Cristo Jesús, el Señor, tal como lo habéis recibido, enraizados y edificados en él; apoyados en la fe tal como se os enseñó, rebosando en acción de gracias. Mirad que nadie os esclavice mediante la yana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según elementos del mundo y no según Cristo» (Col 2, 6-8).

Nuestra respuesta

La respuesta al amor de Dios, manifestado en Cristo, es la gratitud. Ayunos de pensamientos vanos, de palabras hostiles y de obras contrarias a la ley eterna, no existe un mejor modo de expresar la propia gratitud hacia Dios que imitarle: «Sed pues imitadores de Dios, como hijos queridos y vivid en el amor» (Ef 5, 1). Cuando nos es tamos dando cuenta de la fragilidad de nuestra paz y condenamos absolutamente aquellos actos que causan de una u otra manera la pérdida de tantas vidas inocentes, hagamos nuestro el mensaje de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Trabajemos para que de Oriente a Occidente el lenguaje de nuestra convivencia sea el de la paz y no el de la guerra, erradicando todo fanatismo y toda violencia y favoreciendo la paz que es fruto de la justicia, de la solidaridad y de un corazón limpio y sincero. Son muchas las personas que padecen condiciones inhumanas de pobreza material o espiritual. Cómo no tener presentes a las que se encuentran en los campos de refugiados, sin referirnos a otras situaciones. Canalicemos nuestra ayuda económica a través de Cáritas diocesana.

Con la Iglesia celebremos el nacimiento de Cristo, orando: «Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana» (Oración de la Misa del día de Navidad).

¡Feliz y santa Navidad! Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

> Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela