Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago

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BIBLIOGRAFÍA

JOSÉ M. DÍAZ DE RÁBAGO S.J. (Coordinador). Memorias de un Jesuita Gallego: Francisco BrandariZ CaamaÑo, S.J. LEÓN, 2000

No llegó a completar sus Memorias el P. Brandariz, fundador del Colegio Mayor «San Agustín», en Santiago de Compostela. La parte que legó escrita es la base de este libro que ha coordinado el Rvdo. P. José María Díaz de Rábago, colaborador del P. Brandariz y sucesor en la dirección de este centro universitario de formación. El mismo Díaz de Rábago expresa su deseo de que en el futuro puede hacerse una historia del C. Mayor que la Compañía de Jesús instaló en las dependencias que heredó, tras su expulsión, de los Religiosos de San Agustín. Creo que será una obra que valdrá la pena, tanto por la materialidad de la casa, como por la importancia que en el mundo de la Ciencia tienen muchos de los que fueron residentes en el centro en cada una de las categorías jurídicas de éste.

Porque el Colegio Mayor no fue tal desde el comienzo, si bien el propósito era llegar ahí. Fue preciso ir superando etapas, marcadas por progresivo acondicionamiento del edificio, hasta llegar a Colegio Mayor, esa categoría felizmente resucitada en España en recuerdo de las homónimas instituciones universitarias de antaño, a las que se quiso imitar en lo que es posible en nuestros tiempos. Que tampoco fueron siempre los mismos en el «San Agustín», cuya trayectoria conoció cambios sustanciales de orden político y de orden universitario, que, aunque afectaron en general a España. tuvieron también su repercusión en la organización y en la vida colegiales. Legalmente pasó por las etapas de Residencia «Apóstol Santiago», Residencia Universitaria «San Agustín» y Colegio Mayor Universitario del mismo nombre, categoría ésta última que conserva, y honra, en la actualidad.

Su andadura se inició en el año 1939 con una promoción de la que formó parte el actual Presidente de la Xunta de Galicia, D. Manual Fraga Iribame. El propósito era ofrecer en Compostela un lugar de residencia para los estudios universitarios a los antiguos alumnos del Colegio vigués de la Compañía de Jesús. A él habrían de acogerse con el tiempo también los exalumnos marianistas, hasta que esta Congregación abrió su propio Colegio Mayor, que puso bajo el nombre del Arzobispo Diego Gelmírez.

Pero no estuvo nunca cerrado a otros aspirantes, si bien existen unas normas lógicas que exigen aprovechamiento universitario. Una aspiración que ha sido públicamente refrendada por las máximas calificaciones que, a nivel de distrito universitario en muchos casos, y a nivel nacional, en no pocos, obtuvieron numerosos residentes. La nómina de catedráticos, de magistrados, de investigadores, de políticos de primera línea, constituye la orla de honor del C. M. «San Agustín».

« ¿Quién era Francisco Brandariz», se pregunta el prologuista del libro, el P. Evaristo Rivera, antiguo colaborador del P. Brandariz e ilustre historiador de la Compañía y de sus obras. Francisco Brandariz Caamaño nació en la villa de Cée, hijo de un antiguo emigrante. Perdió a su padre a los pocos años de venir Francisco al mundo. Posteriormente su madre con sus hijos se trasladó a La Coruña, a un palacete familiar, y allí hizo sus primeros estudios hasta que acompañó a su hermano en el Colegio vigués de los Jesuítas. Allí surgió clara una vocación religiosa que se venía fraguando desde la estancia en la capital herculina.

Entiendo que al P. Brandariz le definen perfectamente los dos adjetivos que leemos en el título de este libro. Siguiendo el estilo de publicaciones hispanoamericanas, se han escrito con mayúscula y lo considero un acierto. Porque Brandariz fue, por encima de todo, un fiel seguidor de San Ignacio de Loyola, con una conciencia plena del cuarto voto el de la obediencia, al que nunca hizo frente a pesar de algunos obstáculos que surgieron en su camino. Era también Gallego por su amor a Galicia y a todo lo que es legado de la región; pero sin cerrarse a una apertura exigida por razones históricas y también por mentalidad cristiana.

Hubo de cambiar la Universidad Gregoriana de Roma, como consecuencia de la guerra mundial, por Barcelona para culminar sus estudios de Teología y Filosofía. Conoció, muy joven, el destierro con sus hermanos de vocación. Cambió, por decisiones de los superiores, su docencicia teológica en la Universidad Pontificia de Comillas por la obra material, formativa, a veces no bien comprendida, en Santiago de Compostela, donde también fue Superior de la Comunidad.

Era un profundo conocedor de la Historia de Galicia, que exponía con envidiable atractivo, pues estaba muy bien dotado para conferenciante. Dentro de la pasión por lo gallego, el tema jacobeo cautivaba su atención desde todos los puntos de vista. A Compostela había peregrinado guiando un grupo de universitarios comilleses y luego se gloriaba, humildemente, de los Años Santos Jacobeos que había tenido la gracia de vivir de cerca.

En Santiago de Compostela queda su obra, de la que es inseparable su nombre. De su humanidad física, acompañada de un gran corazón y de un trato exquisito, nos queda a todos un recuerdo imborrable. Su sobrino César Brandariz Escudero presenta en este libro una semblanza con el título de «El tío Paco». Sus apreciaciones, por ser las de un familiar cercano, quizá sean exactas, si bien los amigos de Brandariz no acentuamos algunos aspectos que el sobrino destaca. Y el P. José Maria Díaz de Rábago, también colaborador y sucesor de Brandariz. es el alma de este libro, al que añade unas cuantas páginas en calidad de «Notas aclaratorias», aportando en ellas datos y anécdotas que Brandariz había omitido en sus Memorias y también informaciones de tiempos posteriores al momento en el que Brandariz dejó de consignar sus vivencias.

La obra se completa con infomaciones, sobre todo gráficas, acerca de la tarea de Brandariz, mostrándonos que su obra sigue; un álbum fotográfico; las listas de ingreso de promociones hasta el 2000 y el índice onomástico. Ocupa en él un lugar especial el Episcopado compostelano, con relieve para nombre del Cardenal Quiroga Palacios, amigo fiel de Brandariz y confidente y cooperador en los escollos que el jesuita tuvo que superar. Enhorabuena al promotor, P. Díaz de Rábago, y al Colegio Mayor, cuya dirección lleva en estos años con ejemplar trayectoria, el P. Castro.

J.P.L.

STEFANO ZUFFI. Roma. Electa España, S.A.. MADRID, 2000

En el año recién terminado del Jubileo Universal, conmemorativo del bimilenario del nacimiento de Cristo, esta editoral española, con raíces italianas, ha publicado una excelente obra sobre Roma dentro de su colección de «Capitales del Arte».

Son cuatrocientas páginas de textos e ilustraciones en color que nos llevan a admirar detenidamente lo mejor de la Escultura, la Arquitectura y la Pintura en la capital de Italia, que lo es también, por la Ciudad del Vaticano, de la Iglesia. El libro está dividido en siete capítulos, que van desde el mito de la loba y Rómulo y Remo a las grandes construcciones civiles llevadas a cabo desde que Roma dejó de pertenecer al Papa como soberano civil.

El coordinador de la publicación ha sido Stefano Zuffi y con él colaboraron Luca Mozzati, Alesia Devitini y Francesca Castria Marchetti. La obra está llena de ilustraciones de gran valor artístico, identificada cada una de ellas con un pie, en el que se ofrecen al lector los datos básicos para conocer al producto artístico y a su autor; algunas veces se nos da también el nombre del promotor.

El papel de creación en Roma tuvo, desde comienzos del Cristianismo, origen eclesial, como se pone bien de manifiesto en los capítulos que van del segundo al sexto. Los mejores artistas del mundo, especialmente de Italia, fueron desfilando por Roma para dejar allí la impronta, a veces expresada en varias realizaciones, de su inspiración.

Los textos de este libro tienen como finalidad principal mostrar la evolución artística de la Ciudad Eterna, siguiendo el proceso diacrónico a través de los estilos y las figuras relevantes que los introdujeron y los cultivaron. Son pasajes escuetos; pero, hechos con tal maestría, que informan también de la historia política en cada momento.

Los autores del libro nos advierten de la impotencia ante « la inmensidad de Roma»; pero han sabido, sin embargo, seleccionar lo mejor para que el usuario quede plenamente satisfecho. Se cumple lo que escribió Winckelmann: «Esta capital del mundo permanece todavía como una fuente inagotable de belleza de arte».

El libro lleva dos índices, uno de autores y otro de obras, que permiten la utilización de la obra para rápidas consultas. Quien haya visitado Roma encuentra en este libro el mejor recuerdo. El que no haya tenido esa oportunidad puede hacerse una idea bastante aproximada de la herencia que el Arte de veinte siglos ha dejado en la capital que tiene el privilegio de guardar los restos de los apóstoles Pedro y Pablo.

J.P.L.