Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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5. HOMILÍA-RESPUESTA DEL EXCMO. Y RVDMO. SR. ARZOBISPO EN LA OFRENDA NACIONAL (25-VII-2001)

Excmo. Sr. Delegado Regio
Queridos Hermanos en el Episcopado
Excmas. e Ilmas. Autoridades
Peregrinos: Hermanos y hermanas en el .Señor:

En los comienzos de este milenio, lleno de interrogantes y de esperanzas, al igual que en otro tiempo algunos griegos se acercaron al apóstol Felipe para decirle: «Queremos ver al Señor», también nosotros nos presentamos ante el apóstol Santiago con la actitud del peregrino, presentando nuestra ofrenda y queriendo vivir ese encuentro con el Señor, pues sólo quien le contempla puede caminar desde Él y sabe descubrirlo en el rostro de toda persona, pues «nadie puede quedar excluido de nuestro amor desde el momento que con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre». El compromiso concreto del creyente se inspira y se hace eficaz en la contemplación del rostro de Cristo que «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre». Él es la esperanza que nos guía a la plenitud de la verdad y de la vida y en Él encontramos la respuesta convincente para acoger su mensaje marcado por la cruz, prueba máxima del amor que es dar la vida por los demás. Sólo podemos hacernos eco de las exigencias del Evangelio que se nos ha transmitido si lo comprendemos antes a fondo. Nuestra inserción en Cristo nos compromete a no conformarnos con «una ética minimalista y una religiosidad superficial».

Compromiso en la evangelización

El siglo pasado nos dejó una herencia humana y espiritual con sus luces y sombras. Desde esa perspectiva, afrontamos una etapa nueva de nuestra historia en la que, siguiendo las huellas del apóstol Santiago, percibimos la necesidad de un nuevo impulso en la evangelización que ayudará a redescubrir la identidad religiosa en un ambiente de secularización, conscientes de que siempre que vivimos lo que creemos, anunciamos lo que vivimos. La fe trasciende justamente el punto de vista humano y para proclamarla hay que experimentarla primero: «Creí, por eso hablé, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros», nos dice San Pablo. Pero sólo pueden evangelizar los que antes han sido evangelizados. «En particular es la vida de santidad que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor, el valor de la fidelidad incondicionada a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles» (VS 170).

Pensar a Dios hoy

También hoy es necesario recordar: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». En una sociedad que no deja sitio a la santificación, Dios está presente y esta presencia hace que la búsqueda de la verdad quede protegida de una religiosidad indeterminada, irracional, sincretista. Siempre nos alienta saber que los páramos de nuestra historia nunca se verán privados de la ternura divina y que la Iglesia sigue siendo un signo que se eleva entre los pueblos para testimoniar la intensidad del amor divino revelado en Cristo. «El Evangelio del cual la Iglesia es servidora, es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación que, mientras pone al descubierto y juzga las esperanzas ilusorias y falaces, lleva a cumplimiento las aspiraciones más auténticas del hombre». Es tiempo de pensar en Dios que no es el garante de nuestras propias esperanzas sino el cumplidor de sus promesas. « La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios». La resun-ección de Jesucristo, proclamada por la fe de la Iglesia, acredita la esperanza de la gloria que esperamos. Mientras tanto en el tiempo de nuestra peregrinación terrena, hemos de manifestar que «vivimos, nos movemos y existimos en Dios» (Hch 17, 28), afirmando la primacía de la gracia en la visión cristiana de la vida y respondiendo a la llamada constante a la conversión que es la sorprendente historia de amor de Dios con el hombre, tesoro que «llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros».

Preocupaciones del hombre del siglo XXI

Teniendo en cuenta el momento presente, nos damos cuenta de que el debilitamiento de nuestra fe ha tenido como consecuencias un descalabro moral y una amplia permisividad que se manifiestan en el crecimiento del relativismo moral; en la cultura de la muerte acreditada por todo tipo de violencia y por un terrorismo que ninguna causa o ideología puede justificar, que se opone directamente a la Ley de Dios, y que aflige a nuestra sociedad; en la desacralización del comienzo y del fin de la existencia humana tan ligados al misterio del Dios de la vida, -no siempre lo científicamente posible es éticamente justo-; en los fenómenos económicos innovadores, que no siempre están al servicio del ser humano, de la solidaridad y del bien común y que están modificando las estructuras políticas, sociales y culturales; y en el menoscabo de la institución familiar, fundamentada en el matrimonio. No obstante son más fuertes los motivos de esperanza que se acentúan en las diferentes formas de solidaridad y de una conciencia por hacer prevalecer los valores éticos y religiosos sobre los económicos y políticos. La esperanza que «es la espera trepidante del buen sembrador, el ansia de quien se presenta como candidato a la eternidad, la infinitud del amor», nos traza amplios senderos de comunión, de colaboración y de búsqueda de sentido de la vida.

La atención por la vida humana contra la manipulación genética y el desprecio de la vida naciente, el trabajo por la paz, la preocupación por los que se ven afligidos por las múltiples formas de pobreza asumiendo el compromiso de la cultura de la solidaridad y de la responsabilidad global, y la dedicación de no pocos al servicio de muchos a través del voluntariado son semillas de una esperanza que es más fuerte que las repetidas desilusiones y las dudas fatigosas, y que encuentra su fuente en Dios quien por medio de Cristo, «causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5, 9), reconcilió consigo el mundo sin tener en cuenta los pecados de los hombres y poniendo en nuestras manos la palabra de reconciliación, fundamento de una convivencia más humana y compromiso transformador de la historia. Quienes hemos sido instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó hasta nosotros (Col 1, 6) a través del apóstol Santiago sabemos que la autenticidad del seguidor de Cristo se manifiesta en la belleza de una Iglesia que ama y sirve «igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan sino para dar su vida en rescate por muchos». La lógica del Evangelio pide que no se ponga límite al don de uno mismo.

Dios en la vida del hombre

Apartar a Dios del proceso que orienta la actividad social, política y económica, significaría reducir la visión del fin del hombre y esto implicaría no valorar ni amar la misma vida. Sólo en la confianza en Dios descubrimos el secreto de nuestra vida. «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Hemos de estar dispuestos a beber el cáliz del servicio que ofrecen los que trabajan o buscan el trabajo más allá de artificios especulativos, de los que sostienen la convivencia y la solidaridad callada lejos de fantasmas xenófobos, de los que sufren la globalización de la pobreza. «Los individuos cuanto más indefensos están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular de la intervención la autoridad pública» (CA 10).

Todos temos que colaborar a dar un rostro humano ó noso mundo global, conscientes de que ó proveer ás necesidades materiais non se poden sofocar os valores do espíritu, afirmando a verdade sobre a utilidade, o ben sobre o benestar, a liberdade sobre as escravitudes, a persoa sobre as estructuras. A nosa sociedade será auténtica só dende a entrega desinteresada dos uns polos outros, porque só no servicio se descubre a propia grandeza e se recupera a confianza, expresión sempre de liberdade. « A busca de Deus na contemplación non se pode separar do amor ós irmáns que nos fa¡ recoñecer o rostro de Cristo no máis pobre dos homes. A contemplación de Cristo vivida na caridade fratema é o camiño oráis seguro para a fecundidade de toda a vida». Os cristianos cumprimos co mandato profético de Cristo cando actuamos para levar ó mundo o serme da esperanza. A Igrexa «avanza xuntamente con toda a humanidade, experimenta a sorte terrea do mundo e a súa razón de ser é actuar como fermento e como alma da sociedade, que debe renovarse en Cristo e transformarse en familia de Deus» (GS 40).

Ó poñer, Excmo. Sr., a ofrenda sobre o altar, pido polas familias que de diferente modo se viron afectadas pola violencia terrorista, pola conversión dos que sementan o odio e a morte. Invoco a protección do Apóstolo polos nosos Gobernantes, por España e pola Igrexa que peregrina nela, polos pobos irmáns de Iberoamérica que se glorían de alumar o seu peregrinar co legado da fe, polos fillos desta querida terra galega para que se manteñan constantes na caridade, pola súa familia, Excmo. Sr. Oferente, pola Vosa Excelencia e os seus colaboradores, polas Súas Maxestades e a Familia Real. Santiago, sé protector do teu poto para que con Cristo e contigo nos alegremos polos séculos dos séculos. Amén.