Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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2. CARTA PASTORAL SOBRE EL REZO DEL ROSARIO DE LA VIRGEN MARÍA EN EL AÑO DEL ROSARIO

Meditar los misterios de nuestra salvación

Queridos diocesanos:

Con frecuencia se comenta que el hombre de nuestros días, poseído por su autosuficiencia, ha perdido la dimensión trascendente y religiosa de la existencia humana, olvidando que «en Dios vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17,28). No siente la necesidad de la oración, que es expresión de fe. Atrapado por la condición mercantilista de nuestra sociedad y por los afanes puramente materialistas que le dificultan fijar en Dios su corazón y su mente, y ayuno de espíritu religioso, desconoce los bienes espirituales que debe pedir y agradecer. Ya desde ahora es oportuno traer a nuestra memoria aquellas palabras de Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). «La maravilla de la oración se revela precisamente allí junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él»1.

En la historia de la salvación, a medida que Dios va revelándose y revela el misterio del hombre al propio hombre, la oración aparece como un llamamiento y una relación recíproca: «No te hubiera yo encontrado, si tú [Señor] no me hubieras buscado primero», comentaba san Agustín aludiendo a su proceso de conversión. El espacio de la oración está en el corazón de cada uno de nosotros y es ahí donde descubrimos ese desierto se diento del pozo de agua viva. El trajín de nuestra actividad agobiante, el mido de una cultura que no aprecia el sosiego del silencio, la excitación de nuestras formas de vida, la comercialización de nuestro tiempo libre, malgastado muchas veces en pasatiempos superficiales, nos dificultan y a veces hasta nos impiden vivir esta experiencia orante.

Año del Rosario

En este contexto quiero hacerme eco de la Carta Apostólica «El Rosario de la Virgen María» del Papa Juan Pablo II que acaba de proclamar el año que va de este octubre pasado a octubre de 2003 Año del Rosario. Es una llamada que ha de encontrar una diligente respuesta en nuestra preocupación pastoral, sabiendo que cuando rezamos a María, la orante perfecta, «nos adherimos con ella al designio del Padre que en vía a su Hijo para salvar a todos los hombres». María estuvo asociada de modo especialísimo a la encarnación, al anuncio del Evangelio, a la pasión y a la gloria de la Resurrección del Hijo de Dios.

El rezo del Rosario que «tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa»2, es una significativa oportunidad catequética para introducimos en la meditación de los misterios de Cristo, en los acontecimientos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de nuestra salvación. «Además de la liturgia sacramental y de los sacramentales, la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en tomo a la vida sacramental de la Iglesia: tales como veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas..., etc.»3.

Fomentar el rezo del Rosario. Un rosario en cada casa

En este sentido me dirijo a todos vosotros, queridos diocesanos, para pediros en carecidamente que según vuestro estado y condición, promováis el rezo del Rosario «compendio del Evangelio y camino para contemplar el rostro de Cristo», oración sencilla que nos sumerge «en la contemplación del misterio de Aquel que es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la ene mistad (Ef 2, 14)»4. Práctica habitual en las comunidades de Vida consagrada y en nuestros Seminarios, ha de serlo también en nuestras parroquias y Santuarios. Es necesario recuperar esta forma de oración, si se hubiera dejado de lado, y revitalizarla tanto comunitaria como individualmente. De manera especial hago una llamada a nuestras familias porque «fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrarrestar los efectos desoladores de esta crisis actual»5, que está des figurándolas. El Rosario es una oración en familia y por la familia, con los hijos y por los hijos. Como subraya el Papa, «la Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante»6. Como referencia humilde de este Año del Rosario considero que sería bueno lograr que todas las familias de la diócesis tuvieran en sus casas el rosario. Con motivo del Día de la Familia o de otro acontecimiento oportuno, en cada parroquia podría organizarse un encuentro pastoral en el que se hiciera la entrega del mismo con la consiguiente catequesis.

En la historia de la Iglesia la Virgen del Rosario ha sido siempre esa instancia de gracia, de vida y de protección. Nuestra ciudad de A Coruña la tiene por patrona y son muchas las comunidades parroquiales que la celebran bajo esta advocación. Encomendándoos a ella, os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

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1. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2560.

2. JUAN PABLO II, Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», Ciudad del Vaticano 2002, n. 39.

3. Catecismo de..., n. 1674.

4. JUAN PABLO II, Carta Apostólica «Rosarium...», n. 6.

5. Ibid.

6. Ibid.,n 39.