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Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
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3. CARTA PASTORAL EN LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD 2002La Navidad: gracia de Dios y fiesta del hombre Queridos diocesanos: Hemos vivido el Tiempo de Adviento como preparación espiritual para celebrar la solemnidad de la Navidad, haciendo memoria del amor de Dios que nos ha enviado a su Hijo para abrimos el camino de la salvación. Hoy, ¿qué significa para nosotros el misterio del nacimiento de Cristo? En una sociedad tan vulnerable como la nuestra, en la que intentamos encubrimos en la autosuficiencia estéril, la fuerza del consumismo materialista, los impulsos atractivos del placer desenfrenado y la indiferencia religiosa, la respuesta la encontramos en un niño indefenso: «Ésta será la señal para vosotros: hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Le 2, 12). Esta imagen acentúa la humildad y la bondad de Dios que, manifestándose en el mundo, nos enseña un modo de vivir y de amar. Este Niño es el Dios con nosotros, que creó de la nada, resucita a los muertos y nos ha dejado en la Iglesia los sacramentos de la gracia. Percepción espiritual de la Navidad El misterio de la Encamación nos introduce en el misterio de Dios que se hace hombre a imagen y semejanza del hombre. «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas, últimamente en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos» (Heb 1, 1-2). Cuando Dios quiso hablamos en la plenitud de los tiempos, se hizo hombre. Es la fiesta de la Navidad. En estos días nuestras calles y casas se adornan con luces y otros símbolos, que son sugestivos para los niños y rompen la monotonía diaria en los mayores. Esto es de agradecer, pero es posible que nuestra Navidad esté sobrecargada de cosas. Más allá de las consabidas costumbres y del fácil sentimentalismo, son muchas las corazas que tendremos que quitarnos para percibir con sensibilidad cristiana este gran acontecimiento que es salvación y alegría para todos: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Le 2, 10-11). Es tiempo, por tanto, de escuchar en silencio la Palabra de Dios para predicarla y vivirla en el acontecer de cada día, exponiéndonos al fracaso de Cristo que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11), y, sin embargo, «vino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia» (Jn 10, 10). Es momento de oración contemplan do a la Palabra hecha carne, que transformó nuestras vidas. Es ocasión propicia para participar en el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía como acogida del amor de Dios y súplica por la paz. Comunión con Dios y con el hombre La Navidad es la fiesta de la comunión con Dios y con los hombres, expresada en la caridad que «es paciente, es benigna; no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca provecho, no se irrita, no piensa mal, no se goza en la iniquidad sino que goza de la verdad» (1 Co 13,4-6). El rostro de Dios ha de resplandecer en el rostro de todo hombre y mujer marcados por los rasgos de Cristo, que son indestructibles pero que hay que subrayar. Esto nos lleva a estar atentos a todo lo que es signo de la fragilidad humana, a las angustias, in quietudes y esperanzas del hombre de nuestros días cuya incertidumbre no desvanece su espíritu de búsqueda. Estamos experimentando que el sufrimiento nos separa a veces, pero, cuando somos capaces de compartirlo, nos une, alejándonos de toda in diferencia que nos hace ciegos. Desde aquella Noche Buena no hay noche en la fe donde no aparezca la claridad de Dios que tantas veces nos sobrecoge porque nos desborda. «Había unos pastores en aquella comarca que estaban velando y guardando su ganado en turnos por la noche. Se presentó un ángel del Señor junto a ellos y la claridad de Dios les cercó de resplandor y tuvieron mucho miedo» (Lc 2,8-9). Cristo sigue viniendo a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento. Su nacimiento se anuncia a los que como entonces no cuentan para una sociedad ensimismada y adormecida, incapaz de comprender que el amor de Dios se da sin medida a todo hombre. Jesús nos dirá que «cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Serás bienaventurado, porque no tienen con qué corresponderte, y serás recompensado en la resurrección de los justos» (Le 14, 13-14). Hoy el amor y la salvación de Dios, manifestados en el Hijo de Dios, se comunica a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los que en vigilante espera confían alcanzar los bienes prometidos, a todos los hombres de buena voluntad. El Niño Dios es la fortaleza de quien renuncia a devolver mal por mal, de quien rompe la cadena de la violencia, de quien está dispuesto a poner la otra mejilla y de quien acoge a los demás. Cristo fue recibido bajo sospecha. No obstante rompió la aparente y pactada tranquilidad de no pocos. Al recordar sus palabras: «cualquier cosa que hagáis a los demás a mí me lo hacéis» (Mt 25, 40), tengo en cuenta a tantas personas necesitadas espiritual y materialmente que rompen también nuestra comodidad y a las que debemos ofrecer nuestra acogida, dándoles no sólo de comer, sino también escuchando lo que dicen y aceptándoles tal y como son. Este compromiso altera la realidad de una vida que se acomoda a criterios puramente humanos y que olvida que por el amor hemos de dar testimonio de la espera dichosa de la vida eterna. Nada de ensoñaciones El verdadero espíritu de la Navidad no es un tranquilizante, más bien nos urge a despertamos de nuestras soñolencias porque «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2, 11-13). Feliz y santa Navidad a todos, queridos diocesanos. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor.
V Julián Barrio Barrio, |