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Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
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4. GLOBALIZAR LA PAZTengo la impresión que hoy estamos utilizando muchas palabras que suenan como cántaros vacíos, es decir a hueco. La pura estética, por aquello del bien aparecer, nos ha hecho olvidas los contenidos que debemos manifestar y que nos comprometen en nuestras actitudes y comportamientos. Es posible que esto se deba a que nos movemos en la superficialidad de una convivencia social, intelectual y moral que se va deslizan do según los intereses dictados por el puro oportunismo del momento. Todo este preámbulo para referirme en esta ocasión a la palabra «paz». No tengo por qué dudas de que todos queremos usas esta palabra en verdad y deseamos trabajas por lo que significa. Sin embargo da la impresión de que nos habituamos a estas en vueltos en un ambiente bélico que se manifiesta incluso en nuestras expresiones comunes. En el día a día oímos frecuentemente decir tanto al hombre como a la mujer que hay que utilizar las propias armas para servirse de los demás en favor de los propios intereses en el ámbito personal, social, cultural y político. Son muchos los pueblos que están padeciendo la guerra en nuestro planeta. Otros se preparan pasa ella como profecía de dolor, sufrimiento y muerte. Amenazas y preparativos de guerra, de acciones terroristas y de manifestaciones violentas diagnostican una sociedad enferma y sin un código ético que garantice los valores elementales de una sana convivencia. Somos una sociedad amenazada. Se ha perdido la referencia al primado de Dios y a una auténtica visión del hombre. Cuando se buscan justificaciones pasa la guerra, considero que no se ha hecho lo suficiente para mantener y fortalecer la paz. En este ambiente conviene recordar las palabras del Papa Pío XII «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra», aviso que sigue resonando con cadencia admonitoria en el mundo actual, en el que el incremento de las armas científicas, atómicas y químicas acrecienta el horror y la maldad de la guerra y de toda acción terrorista. La paz será un vocablo vacío mientras no se fundamente sobre un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y realizado bajo los auspicios de la libertad (cfr. Juan XXffl, Pacem in terris, n. 167). Éstos son los pilares del puente que ha de posibilitar el encuentro de una persona con otra, de unos grupos con otras, de unas naciones con otras. La paz nunca ha de es tas sometida al poder político, sino que éste ha de ser ejercido teniendo como referencia ineludible la paz, «que es fruto de la justicia, virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribución unánime de beneficios y cargas» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002, n. 3). Hay que desarmar la guerra, el terrorismo y la violencia. «Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesas la paz y causan guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra» (Catecismo de la Iglesia Católica, n° 2317). Con la guerra la humanidad es la que pierde: los efectos dañinos de la guerra nos afectan a todos. No se puede privilegiar la guerra, que nunca es la forma idónea para resolver los problemas. Hay otras alternativas como la educación para la paz basada en los derechos humanos, el diálogo y el respeto mutuo. «De nada sirve insistir en la construcción de la paz, mientras los sentimientos de hostilidad, de desprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas dividen a los hombres y los oponen entre sí. Cierta mente es necesario que todos nosotros cambiemos nuestros corazones, contemplando atentamente todo el universo y aquellas tareas que podemos realizar todos juntos para que la humanidad progrese hacia el bien» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 82). Hay que globalizar la paz. Es la hora de la paz y de la esperanza para construir una civilización más fraterna, donde «de las espadas forjen arados, de las lanzas podaderas. No alce la espada pueblo contra pueblo, no se adiestren para la guerra» (Is 2,4). No se puede olvidar que la paz está relacionada con la búsqueda y el encuentro con la verdad. Esta preocupación nos lleva a descubrir que la realidad social concreta es el lugar de una transformación posible donde se haga compromiso en una ética coherente el principio: «Haz a los demás lo que quisieras que hicieran contigo» (Mt 7, 12). |