Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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3. CARTA PASTORAL EN LA JORNADA «PRO ORANTIBUS».
26 DE MAYO DE 2002

«VENID Y LO VERÉIS »

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia en esta Jornada nos llama a redescubrir el motivo de gloria que son para ella quienes «orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios». En esta ocasión nos lleva a la consideración de la Vida Consagrada Contemplativa a través del lema: «Fueron y se quedaron con El» (cfr. Jn 1, 39), sugiriéndonos que una característica de quienes abrazan este estilo de vida es «acompañar a Jesús en su camino, ver dónde vive y quedarse con Él». Sólo nos puede guiar la experiencia personal de Cristo en la vocación, en la oración, en la vida cotidiana.

Itinerario del discípulo

Este pasaje del Evangelio nos evoca el encuentro que algunos de los discípulos de Juan el Bautista tuvieron con Jesús: « dónde habitas? Venid y lo veréis». Eran los primeros pasos en el camino del seguimiento del Señor que tendrán su continuidad en el encuentro con el Resucitado y en la comunión con Él en su Espíritu, descubriendo día a día nuevos horizontes: «En verdad, en verdad os digo: veréis los cielos abiertos y los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Aquellos discípulos no se dieron cuenta entonces de que si ahora ellos iban con el Señor, es porque antes el Señor, la Luz verdadera que alumbra a todo hombre, entran do en el mundo, se puso a caminar con ellos. Si ahora podían ver donde habitaba el Maestro, es porque ante el Maestro, la Palabra que estaba junto a Dios, vino a su casa y quiso morar donde ellos habitaban. Si, mientras atardecía aquel día, pudieron que darse con el Señor, es porque antes «cuando la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros», el Señor había querido quedarse con ellos para siempre. Buscaban al que los buscaba, seguían al que los seguía y se quedaron con el que ya estaba con ellos. Se pusieron en camino, aprendieron, viendo y escuchando, el misterio de Aquel a quien seguían y con quien iban a quedarse: Él era la Palabra que estaba junto a Dios y que era la Vida de los hombres; la Palabra que vino al mundo, a los suyos, que se hizo hombre y que acampó entre los hombres» (cfr. in 1, 1-14).

Largo, muy largo ha de ser el camino que los discípulos habrán de recorrer desde aquel momento en el que «fueron con Jesús, vieron dónde vivía y se quedaron con Él», hasta aquel otro día en que Jesús les hablará de la Casa del Padre y de sus muchas moradas (cfr. Jn 14, 1-3), y empezarán a saber que el Padre es la verdadera casa donde Jesús habita. porque «Él está con el Padre y el Padre está con Él» (Jn 14,9-lo).
Los primeros discípulos de Jesús se ponen en camino para saber dónde vive, ignorando que la meta de su camino es permanecer en Él, como signo de la madurez logra da que es la familiaridad íntima con la vida del Hijo de Dios y el misterio de la Santísima Trinidad, misterio en el que entrarán como hijos del Padre Dios con el don del Espíritu Santo.

En la escuela del Maestro aprenderán a ver, educando los ojos para la admiración y el asombro, y la fe los introducirá en la contemplación que es ver todo y a todos con los ojos de Dios, «porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visible mente, él nos lleve al amor de lo invisible» (Prefacio de Navidad): ver al Padre en Jesús (cfr. Jn 14, 9), la gloria del Padre en Cristo crucificado (Jn 17. 1), al Espíritu de Dios ofrecerse desde Cristo en la cruz a todos los que quieran recibirlo (Jn 19, 30), y reconocer al Señor en aquel extraño que en el amanecer, después de una noche de tra bajo en balde les había dicho: «echad la red a la derecha de la barca», y después de una pesca abundante les dice: «Venid y comed» (Jn 21, 12).

La vida de Dios, nuestra vida

El hombre descubre asombrado que la vida de Dios es su vida; que Dios está tan cerca del hombre que le puedes nombrar entre los hombres; que los hombres están tan cerca de Dios que les puedes llamar con verdad hijos de Dios; que Dios ha compartido con el hombre ternuras y gemidos; y que el hombre participa con el Hijo de Dios en el «cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales» (cfr. PABLO VI. Constitución Apostólica «Laudis Canticum»).

Con toda razón la Iglesia ha querido asociar a la celebración litúrgica de la Santísima Trinidad el Día de la Vida Consagrada Contemplativa, pues en los contemplativos la Iglesia reconoce los ojos con que ella, comunidad de innumerables hijos e hijas de Dios, se acerca al abismo de belleza del que forma parte. al abismo de amor en que ella se consume, al abismo del bien del que ella goza. En los hombres y mujeres que el Señor ha llamado a la vida contemplativa, la Iglesia ve a quienes de modo muy especial la representan como continuadora que es en el mundo, del cántico de alabanza que resuena eternamente en el cielo y que el Hijo de Dios, haciéndose hombre, hizo resonar en los caminos del mundo.

La vida contemplativa empieza con la sencillez de quien pregunta casi aturdido y asombrado: « habitas?» y se compromete a poner los ojos en la persona de Cristo crucificado, sabiendo que ahí encuentra la garantía de la perseverancia hasta el final. A quienes Dios agració con el don de la contemplación, quiero hacerles llegar hoy, junto con el afecto de la comunidad diocesana, toda mi consideración y agradecimiento porque son una singular referencia en nuestra peregrinación a la Casa del Padre.

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor.

V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela