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Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
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4. CARTA PASTORAL EN EL DÍA DEL PAPA. JULIO 2002«Ministro por dispensación divina» Queridos diocesanos: Desde siempre el afecto y la obediencia al Papa han sido un distintivo de los católicos. El Día del Papa es una ocasión propicia para hacer una catequesis sencilla sobre el ministerio del «Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, la casa del Dios vivo», y para encomendar de manera especial en nuestra oración sus intenciones para que no desfallezca y pueda cumplir su misión, crucificante y gloriosa, en estos tiempos en que percibimos diferencias y tensiones entre los que dicen profesar una misma fe. «Tú eres Pedro...» (cfr. Mt 16, 18 ss.) Las imágenes que el Nuevo Testamento nos trasmite de Pedro: pescador de hom bres, misionero, pastor, mártir, receptor de una revelación especial, confesor de la ver dadera fe y pecador arrepentido, nos ayudan a entender la misión que le fue enco mendada. El Señor hizo de Pedro la roca y el portador de las llaves de la Iglesia (Mt 16,18-19) y le constituyó pastor de todo el rebaño (Jn 21, 15 ss.). La doctrina del Con cilio Vaticano 11 subraya que «el oficio que Dios concedió personalmente a Pedro, príncipe de los apóstoles, es permanente y ha de transmitirse a sus sucesores» (LG 20) y que «el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles» (LG 23). Esa unidad que siempre que celebramos la Eucaristía, pedimos diciendo: «Que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». El ministerio pastoral del Papa En la clave de la misión encomendada al apóstol Pedro interpretamos y entendemos la de sus sucesores. Las manifestaciones de afecto filial al Papa, encuentran su razón de ser no sólo en su misión de presidir sino también en la actitud de servicio del Siervo de los siervos que lleva el timón de la barca de Pedro, la Iglesia. Servidor del Evangelio y de la esperanza, el Papa Juan Pablo II acompaña en cercanía y en comunión las preocupaciones, angustias, temores y esperanzas de todos los hombres. Peregrino por el mundo, es portavoz de una extraordinaria cultura histórica y moral en medio de las contradicciones de la época, impulsa el derecho a la vida, la dignidad de persona humana y las libertades fundamentales y proclama proféticamente el espíritu de reconciliación a través del diálogo y de la humildad en una Iglesia transfigurada, buena samaritana, integrada siempre en la historia y no contra ella, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 27). «Haciéndose todo para todos», en días sombríos pone a prueba, en el anuncio lumino so de la verdad, su fe y valentía, sacando fuerza de la gracia que está en Cristo Jesús y proclamando su Palabra en toda ocasión (cfr. 2 Tim 4, 1-5). También en su pontifica do queda reflejado que el ministerio pastoral está íntimamente vinculado al misterio de la cruz. Desde su declive físico pero con gran fuerza espiritual puede hacer suyas las palabras del apóstol Pablo a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, de la que soy ministro en virtud de la dispensación divina a mí confiada en beneficio vuestro, para llevar a cabo la predicación de la palabra de Dios, el misterio escondido desde los siglos y desde las generaciones y ahora manifestado a los santos a quienes de entre los gentiles quiso Dios dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio. Este, que es el mismo Cristo en medio de vosotros, es la esperanza de la gloria, a quien enunciamos, amonestando a todos los hombres, instruyéndolos en toda sabiduría a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo, por lo cual me fatigo luchando con su eficacia, que obra poderosamente en mí» (Col 1, 24-29). En comunión con el Sucesor de Pedro Como hijos de la Iglesia, vivamos en comunión con el sucesor de Pedro que preside la caridad universal y que lleva para todos el «cántaro» del agua viva. « escribía San Juan de Ávila, habrá que no siga al vicario de Cristo viendo que él sigue a Cristo?» (Memorial II. n. 41). Este convencimiento nos ha de motivar a unimos en oración con él y a contribuir con nuestra ayuda económica para que la Iglesia de Roma, «por su posición preeminente», siga ejerciendo la caridad con los más necesitados de las otras iglesias. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor.
V Julián Barrio Barrio, |