Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

Retroceder        Continuar

2. HOMILÍA EN EL DÍA DEL CORPUS. JUNIO 2002

Dt 8, 2-3.14b-16a, 1 Co 10, 16-17, Jn 6,51-59

Con gozo incontenible abre hoy la Iglesia sus templos para testimoniar su fe entrañable y su conciencia irrenunciable de la ininterrumpida Presencia del Dios con nosotros en la Eucaristía, manifestarla de forma pública y sentimos pueblo de Dios en camino, presididos y precedidos por Cristo. Pastor y Guía, presencia y viático de nuestro caminar, misteriosa compañía. En torno a este altar que se hace hoy corazón de toda la ciudad, manifestamos la devoción eucarística los que peregrinamos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca del todo en este mundo. Vivificados por este manantial de «agua viva», damos gracias, adoramos y suplicamos a quien está vivo para interceder por nosotros.

La Eucaristía en la que se encierra todo el bien espiritual de la Iglesia, es misterio de fe con su fuerza protectora y liberadora. Es prenda segura de eterna gloria y consecuentemente firme esperanza que nos enseña a ser pacientes y perseverantes. La vida eterna es nuestro futuro, y ésta es la fuerza que va marcando nuestra historia. «La Eucaristía entraña un compromiso a favor de los pobres: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n° 1397). Confunde nuestro orgullo, motiva nuestra humildad y aviva el gozo de la fe en la palabra y en el poder de Cristo. Sólo así se convierte para nosotros en misterio de luz y fuente de vida, revelación y manifestación del amor, y por tanto, exigencia constante de entrega a Dios Padre ya nuestros hermanos, los hombres. «La Eucaristía dominical, congregan do semanalmente a los cristianos como familia de Dios en tomo a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión» (Juan Pablo II, Al comienzo del nuevo milenio, n° 36).

En esta fiesta del Corpus el signo relevante es el pan. Son muchas las veces que en el Evangelio encontramos esta referencia. Jesús multiplica los pones para las muchedumbres. Habla de las migajas de pan que caen de la mesa del rico sin llegar a la boca del mendigo Lázaro. El hijo pródigo recuerda el pan abundante en la casa paterna. Jesús se compara a sí mismo con el grano de trigo que debe morir para dar fruto. «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51-53). En el sacramento de la Eucaristía el pan que ofrecemos como fruto y expresión de nuestro trabajo, y como ofrecimiento de nosotros mismos, es consagrado y nos es restituido como don de Cristo a su Iglesia.

El pan es alimento, nutre y da la vida: «Mi carne es verdadera comida. mi sangre verdadera bebida; el que come de este pan vivirá por mí; vivirá para siempre» (Jn 6. 56 ss.). La Eucaristía es el alimento del pueblo peregrino hacia la casa del Padre. El Maná, providencial comida con que Dios aumentó a los israelitas en el desierto, fue alimento milagroso que se ofreció al pueblo que estaba a punto de morir de hambre y de sed, y no tenía esperanza de poder obtener comida alguna a no ser que viniera de Dios. «Como el Pueblo de Dios por el desierto necesitamos del maná que ha bajado del cielo para superar las tentaciones de volver a la esclavitud, de sumergirnos en el consumismo. de ceder ante lo fácil, y de adorar y servir a otros poderes que nos separaron de Dios».

El pan es signo de comunión: «El pan que repartimos ¿no es comunión en el cuerpo de Cristo? El Pan es uno, y así nosotros aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo. porque comemos todos del mismo Pan» (1 Co 10. 16-17). La comunión eucarística es fuente de comunión eclesial, y fermento de unidad y de pacificación humana. Participar en la eucaristía es vivir en comunión con Cristo y los unos con los otros. Así, es también posible prolongar a Cristo cada día, vivo y operante en medio de los hombres, por la transparencia responsable de cuantos viven en él y por él. Sin vitalidad eucarística constante no puede haber sino apariencias o convencionalismos de vida cristiana. Sin experiencia de Cristo Vivo y Don de Vida por la Eucaristía, es una ficción el ser cristiano y aspirar a ser testigo viviente de Cristo ante los demás. Acoger, compartir y aceptar es ir creando una cultura de comunión que encuentra base en el diálogo y la comunicación, la solidaridad y la ayuda mutua, el respeto y la tolerancia. La Iglesia ha de ser «la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo» (Juan Pablo II, Al comienzo del nuevo milenio, n° 43). Inmigrantes, transeúntes, personas en situación de riesgo, personas que viven solas o en el submundo de la miseria, de la degradación, del paro y de la droga: a ellas hemos de ofrecerles nuestra acogida. De la experiencia pro funda de la comunión nace como difusión espontánea del amor la necesidad de entregar nuestra vida por los demás y acoger la vida desde el instante de su concepción, res petándola, protegiéndola y favoreciéndola siempre con todos los medios a nuestro alcance, no dando espacios ni medios a la cultura de la muerte.

A Eucaristía «por ser signo de unidade e de caridade empúrranos a promove-la fratemidade nun mundo dividido, dando testemuño da paternidade amorosa de Deus para todos». O misterio eucarístico, expresión suprema do amor de Cristo ós homes, sitúa ó cristián no corazón mesmo da historia e comprométeo a asumi-la responsabilidade de construir un mundo novo a través da civilización do amor que nos esixe austeridade e xenerosidade. sentido da xustiza e conciencia solidaria a favor dos que sofren carencias materiais e espirituais. A forza da historia encontrase sempre no home que ama e sirve, e para quen «non hai nada verdadeiramente humano que non teña resonancia no seu corazón» (GS 1). Reafirma-la nosa opción por Cristo é impregna-la nosa sociedade dos valores cristiáns cunha ollada positiva a toda persoa. sen exclusións, sen racismo fin xenofobias. Tamén a nos se nos di: «Vos que estades sans e sodes ricos, tende piedade dos enfermos e dos pobres. Vós que vivides sen preocupacións, tende piedade dos irmáns que son perseguidos pola desgracia. Vos que sodes felices. consolade ós aflixidos. Vós a quen a fortuna bica na fronte ocupádevos dos que sofren a adversidade. Distinguídevos pola xenerosidade dos vosos corazóns, imitando cada un a misericordia de Deus» (San Gregorio Nacianceno). Son necesarios uns estilos de vida nos que a procura da verdade, da beleza e do ben así coma da comunión cos demais homes para un crecemento común sexan os elementos que determinen as nosas opcións sociais, económicas e culturais.

Canto máis se vacía o mundo de Deus. máis necesidade hai de consumismo, máis facilmente se cae no fanatismo, e máis se vacía o mundo de alegría. Contemplar a nosa existencia cristiá fainos sentirnos persoas necesitadas de perdón para chegar a unha auténtica transformación, liberándonos do pecado para ser fermentos de reconciliación, de perdón e de paz na Igrexa e na sociedade. A Eucaristía proclamada, cele brada, comunicada e adorada contribúe a rompe-lo círculo da opresión e do odio, e a motiva-la sincera xenerosidade ata o don da vida polos outros. «Con ninguén teñades outra débeda que a do mutuo amor, pois o que ama ó próximo ten cumprida a lei» (Rm 13, 8). Honrar o altar sobre o que se pon o corpo de Cristo comprométenos a preocupamos polos que son corpo de Cristo, de maneira especial os pobres. Estes son o altar que encontramos en tódalas rúas e prazas e onde podemos ofrecer en todo momento un verdadeiro sacrificio. Deixémonos iluminar pola Palabra de Deus e fortalecer pola Eucaristía. Felices os convidados a cea do Señor. Amén.

 

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor.

V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela