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Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
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2. HOMILÍA EN LAS ORDENACIONES DE DIÁCONOS Y PRESBÍTEROS.7 DE JULIO DE 2002 «El Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Me guardó en su aljaba y me dijo: Tú eres mi esclavo de quien estoy orgulloso, te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49, 1-3). Esta tarde nuestra Iglesia particular compostelana escribe otra página de esperanza en su historia con vuestra ordenación, queridos candidatos al Diaconado y al Presbiterado. Día de gozo que no sólo alcanza a los sentidos sino que penetra hasta lo más profundo del ser y que tiene su origen en Dios que quiere renovar de nuevo su alianza con nosotros, una alianza de vida y para la vida, sellada con el sacrificio de Cristo hasta la muerte. En este Día del Señor celebramos la Eucaristía y el Sacerdocio, testamento de amor y de servicio, que nos recuerda que sin Eucaristía no hay Iglesia y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Nos movemos en la inefable riqueza de este misterio con respeto, gratitud y admiración. Todos los presentes, queridos candidatos, os felicitamos con afecto. Os acompañan vuestras familias y amigos. A todos mi cordial enhorabuena. También esta tarde se une misteriosamente a vosotros toda la comunidad diocesana en la que habéis ido creciendo en el proceso formativo para servir a la Iglesia mediante la predicación del Evangelio, la celebración de los sacramentos y la guía pastoral del pueblo de Dios. Mi gratitud para vosotros, formadores del Seminario, profesores y sacerdotes que de una u otra forma habéis ido acompañando a estos ordenandos. En el Evangelio de hoy saboreamos el espíritu con que debemos vivir el misterio que estamos celebrando. Uno siente el deseo de no interferir con pobres palabras en ese diálogo íntimo entre el Hijo y el Padre. Somos conscientes de que sólo podemos balbucear alguna palabra con la fuerza del Espíritu. También un día, queridos ordenandos, el Señor entró en el santuario de vuestra intimidad y os pidió una respuesta total de amor. Hoy os presentáis como llamados, elegidos y enviados por Él. El sacerdocio es una afirmación gozosa a la llamada de Dios. Vuestra respuesta es compromiso a seguir el camino de fidelidad que recorrió Jesús: «El que no tiene el espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rm 8, 9). Sabed que vuestra alegría y vuestra tristeza no dependerán del éxito o del fracaso. El éxito no está incluido en la misión. El verdadero éxito está en el Señor que nos dice: «Cargad con mi yugo y aprended de mí y encontraréis vuestro descanso. Pon mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11, 29). En algunos momentos puede que la cruz se haga pesada, pero siempre hemos de aprender de Jesús, «manso y humilde de corazón», que no se queja, no protesta. no mide ni compara sus fuerzas, dejándose llevar en todo momento por el Espíritu de Dios: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). A la hora de buscar colaboradores, eligió doce hombres que sólo entendían de redes y de subastas de pescado a orillas del Tiberiades. Y para realizar la redención universal, escogió el fracaso escandaloso de la muerte en Cruz. Por eso exclamará: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11, 25). Son los secretos de Dios, las profundidades de Dios, pero «nosotros hemos recibido el Espíritu de Dios para conocer todo lo que Dios nos ha dado» (1 Co 2, 12). Vosotros, candidatos al diaconado, hoy os comprometéis ante la comunidad a vivir el celibato durante toda vuestra vida. El celibato es un camino de absoluta con fianza en Dios que capacita a los sacerdotes para servir a Cristo y a su Iglesia con un corazón indiviso. Es una llamada al seguimiento radical de Cristo. Haced en vosotros un santuario de soledades y plenitudes, de vigilancias y connaturalizad, vigilantes ante las veleidades de vuestro corazón. No juguéis con vuestros sentimientos. Vais a prestar vuestra voz a toda la creación en el rezo de la Liturgia de las Horas como alabanza a Dios. «Sed sobrios en todo, misericordiosos, celosos, inspirados en vuestra conducta por la verdad del Señor que se ha hecho siervo de todos». Anunciadores de la Palabra de Dios, servidores del Altar y ministros de la candad, habéis de considerar que nadie puede servir a dos señores, que vuestra vida debe significarse por la bondad y que en todo momento habéis de servir al Evangelio de Cristo. Vosotros, candidatos al presbiterado, no olvidéis que «los presbíteros son llama dos a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que le ha sido confiado». Ser sacerdote es una vocación exigente y apasionante. Supone estar bien prepara dos para transmitir a los hombres y mujeres de hoy el Evangelio de Jesús en un con texto cultural que con frecuencia contradice los valores cristianos. Esto pide valentía, generosidad, paciencia y creatividad. Conlleva dificultades e incomprensiones. Exige una entrega en gratuidad, día a día, calladamente, dando una palabra de consuelo y de apoyo, visitando enfermos, ofreciendo el perdón de Dios, fortaleciendo la vida de las comunidades cristianas con la celebración de la Eucaristía y favoreciendo el crecimiento humano y espiritual de las personas. La mejor defensa es la virtud. Necesitamos sacerdotes santos que sean puros en sus pensamientos, palabras y obras, hombres de oración, generosos en el servicio, sacrificados por los demás, que se dediquen a hacer conocer la obra salvadora de Jesús y su amor y que pongan toda acción pastoral bajo el signo de la santidad, dando primacía a la gracia. «La tentación que insidia todo camino espiritual y la acción pastoral misma, es pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Dios nos pide nuestra colaboración pero no se ha de olvidar que sin Cristo no podemos hacer nada». Contemplad la Iglesia con fe y amor, a pesar de las manchas y arrugas que pueden desfigurar su rostro humano y vivid en profundidad la comunión con el Señor. «Precisamente porque dentro de la comunidad es el hombre de la comunión, el presbítero debe ser en su relación con todos los hombres, el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos los hombres la salvación, está llamado a establecer con todos los hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la justicia y de la paz» (PDV 18).
Benqueridos ordenandos, ides estar no medio do mundo como
signo anticipador, provocador e realizador da comunión de tódolos homes
con Deus e de tódolos homes entre si, sen buscar a afirmación persoal ou a
valoración do ministerio en tarefas sociais ou culturais desconectadas do
propio ministerio. A Providencia foi conducindo a vosa vocación. Pero
escoltar a chamada implica non só disfrutar dos dons inherentes á mesma.
senón aventurarse a tomar camiños descoñecidos, enfrontarse a
circunstancias adversas, estar disposto a afrontar situacións inesperadas,
imprevistas, incluso dolorosas. Desprendédevos de vos mesmos e de todo
apoio material, poñede a vosa confianza na forza de Deus e camiñade no seu
nome. Manteñédevos na fidelidade: ninguén de vós debe renunciar ás grandes
empresas por medo ás dificultades e ós atrancos. Os que aquí ó deixan
todo, reciben xa, aquí e agora, o cento por un. É necesario un auténtico
desprendemento como garantía da liberdade evanxélica, actuando no nome de
Xesús e cos seus sentimentos. A transmisión da menxase evanxélica no mundo
de hoxe é particularmente ardua porque os nosos contemporáneos están
mergullados en ambientes culturais alleos a dimensión espiritual e
transcendente, sentindo vivamente a rotura no desenvolvemento de
transmisión dos valores morais e relixiosos entre as xeracións.
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