Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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1. PASTORAL EN EL DÍA DEL SEMINARIO. MARZO 2002

«Semillas de Esperanza»

Queridos diocesanos:

Ante el vértigo de los acontecimientos que está viviendo nuestra sociedad en los comienzos de este tercer milenio, hemos de levantar nuestra mirada a Dios, revelado en Cristo. esperanza del hombre, que en su providencia no sólo nos consuela en lo íntimo de nuestro ser sino que vela por nuestra condición humana. Anunciar a Cristo es un servicio a la esperanza en medio de una sociedad en la que la Iglesia siente como propias las tensiones que afligen y quiebran el alma de los hombres de nuestro tiempo. y sigue el ejemplo del Maestro que «viendo a las multitudes sintió compasión porque estaban cansados y extenuados como ovejas sin pastor» (Mt 9. 36).

En las circunstancias actuales no nos resulta fácil responder con sencillez y en ver dad al compromiso de nuestra fe. Santa Teresa en su momento habló de «tiempos recios» que exigían una decidida determinación. En todo caso no debemos sentirnos desprovistos de la acción providencial de Dios en esta hora que es irrepetible, recordando lo que les decía San Pedro a los cristianos de su tiempo: «puede haceros daño si os dedicáis a practicar el bien’? Felices vosotros si tenéis que sufrir por la justicia. No temáis ni os inquietéis; por el contrario, glorificad en vuestros corazones a Cristo, el Señor. Estad siempre dispuestos a defender vuestra esperanza delante de cualquiera que os pida razón de ella» (1 Pe 3, 13-15). La Iglesia, y por tanto los hijos de la Iglesia, sabemos que ser sembradores de esperanza es misión ineludible cuando tanta desconfianza se está propagando. Hay que recordar que «el reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras su gente dormía, vino el ene migo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue» (Mt 13. 24-25).

El Seminario, semillero de vocaciones

En este contexto el Día del Seminario nos presenta a los seminaristas cómo semillas de esperanza. Los llamados al ministerio sacerdotal han de considerar que la semilla en el surco hace referencia a la humillación, al anonadamiento y a la muerte que se convertirán en ensalzamiento, glorificación y vida en la nueva realidad que surja de esa semilla. «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere llevará mucho fruto» (Jn 12, 24). Estas palabras del Evangelio nos ayudan a desentrañar el compromiso del sacerdote, anunciador de Cristo, sembrador y testigo de esperanza, que se consolida en la plenitud del amor, encuentra su sentido en la fecundidad de la cruz y actúa a través del dinamismo transformador de las Bienaventuranzas.

El Seminario, semillero de vocaciones al sacerdocio, es «la escuela de Evangelio» donde el seminarista aprende a vivir en el seguimiento de Cristo, es educado por la obediencia en el Espíritu para el servicio del Padre y de los hombres y se deja configurar con Cristo, Buen Pastor, para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo (cfr. Pastores dabo vobis). En la situación actual la Iglesia reafirma la importancia singular del Seminario como el tiempo y el espacio de esta comunidad educativa en camino, donde se integra la gracia de Dios y el esfuerzo humano en el proceso formativo para el ministerio sacerdotal y en la que se ha de alcanzar un excelente nivel desde el punto de vista espiritual e intelectual.

Gozo y preocupación de todos

La vocación sacerdotal es un bien de Dios para quien la recibe y un don para toda la Iglesia que se siente sujeto activo y responsable de toda la pastoral vocacional. Año tras año vengo insistiendo en que «todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones». El Concilio Vaticano II afirma explícitamente que «el deber de fomentar vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo, con una vida plenamente cristiana» (OT 2). La presencia de vocaciones sacerdotales es una premisa necesaria para el crecimiento de la Iglesia y una prueba de su vitalidad espiritual. Este curso hemos compartido el gozo de los diez nuevos seminaristas que han entrado en nuestro Seminario Mayor. Damos gracias a Dios por esta bendición, pero tenemos que seguir rogando al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

En estas circunstancias «se ha de hacer ciertamente un generoso esfuerzo en la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración. Este es un problema muy importante, escribe el Papa, para la vida de la Iglesia en todas partes del mundo. Además, en algunos países de antigua evangelización, se ha hecho incluso dramático debido al contexto social cambiante y al enfriamiento religioso causado por el consumismo y el secularismo» (NMI 46). El descenso de las vocaciones al ministerio sacerdotal es un hecho que no se nos oculta. El resultado de las estadísticas a este respecto va generando una preocupación que lleva a veces a la nostalgia y a la tristeza, casi sin damos cuenta. Y siempre es recurso fácil decir que la responsabilidad es de los otros. En nuestra pastoral vocacional, como refiere el escriturista Guijarro, hemos de tener muy presente que «la llamada de Jesús tiene como marco una nueva e intensa experiencia de Dios, y un proyecto para el que reclama colaboración. Y es en este marco donde dicha llamada adquiere consistencia y hondura. Jesús no llama para mantener una situación, sino para anunciar la irrupción de la novedad de Dios».

Que nuestra oración sea insistente y unánime, y que nuestra ayuda económica sea generosa, sintiendo el Seminario en el centro del amor que todos debemos tener por la Iglesia. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

 

V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela