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3. ACTITUD PASTORAL ANTE
LAS MIGRACIONES
1 de Enero de 2002
Queridos diocesanos:
En la Carta Apostólica: «Al comienzo del
nuevo milenio», el Papa nos recuerda que «la caridad se abre por
naturaleza al servicio universal, proyectándonos a la práctica de un amor
activo y concreto con cada ser humano». Este compromiso tiene que
caracterizar nuestro estilo eclesial y nuestra programación pastoral,
descubriendo al forastero con el que Cristo ha querido identificarse y al
que hay que hospedar (cfr. Mt 25, 36). Los cristianos tenemos que seguir
escribiendo hermosas páginas de caridad en la historia de la Iglesia,
contrastando de esta forma nuestra fidelidad en el seguimiento de Cristo.
Entre los signos de nuestro tiempo que
interpelan de manera acuciante la sensibilidad cristiana está la situación
de los inmigrantes, planteando retos significativos a la sociedad y a la
Iglesia. El Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 2001,
se refería «a la compleja problemática de las migraciones, importante
fenómeno social de nuestro tiempo». Buscar una respuesta a los
interrogantes que este hecho nos pueda plantear, exige una reflexión desde
la fe que tendrá una implicación en nuestra pastoral. En este sentido
comparto gozosamente la iniciativa de la Coordinadora diocesana de los
movimientos de Acción Católica por considerar atentamente esta cuestión,
escuchando el grito de los inmigrantes que es el grito de los pobres del
mundo.
¿Qué actitud adoptar ante el desafío de las
migraciones? Es evidente que el punto de partida es el principio según el
cual los inmigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a
la dignidad de toda persona humana. En esta perspectiva es fundamental el
diálogo que educa en la comprensión del otro y en el respeto a la
diversidad. Lógicamente el respeto a las prácticas culturales de los
inmigrantes, valorando siempre el bien común, no es motivo para abrir las
puertas a la indiferencia ante los valores que nos llevan a reconocer «el
destino común de toda la familia humana». Tampoco las diferencias entre
culturas debieran dar lugar a las incomprensiones y a los conflictos.
Ciertamente los valores culturales deben cultivarse pero «sin
restricciones de espíritu, amando juntos a toda la familia humana y
evitando las manifestaciones patológicas que se dan cuando el sentido de
pertenencia asume tonos de autoexaltación y de exclusión de la diversidad,
desarrollándose en formas nacionalistas, racistas y xenófobas». La
solidaridad, la paz. la vida, la educación, el perdón y la reconciliación
son valores que deben cultivarse en la conciencia de todas las personas,
«dejando de lado, como subraya el Papa en el Mensaje referido, prejuicios
ideológicos y egoísmos partidarios para alimentar ese humus cultural,
universal por naturaleza que hace posible el desarrollo fecundo de un
diálogo constructivo. También las diferentes religiones pueden y deben dar
una contribución decisiva en este sentido».
Os animo a que acojáis este proyecto con
entusiasmo y dedicación para que el grito de los inmigrantes no se pierda
en el desierto de nuestra indiferencia, y el Reino de Dios en el que «ya
no hay judío ni griego, ni hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, porque
todos sois uno en Cristo» (Ga 3, 26), vaya realizándose entre nosotros.
Os saluda con afecto y bendice en el Señor.
V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela |
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