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1. HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA
TRASLACIÓN DEL APÓSTOL
30 DE DICIEMBRE DE 2001
La fiesta de la Traslación del Apóstol Santiago nos convoca
de nuevo a hacer una reflexión sobre nuestro peregrinar desde el prisma de
la fe y a celebrar nuestra condición cristiana en la Eucaristía. «Resulta
incuestionable que el primer surco del Camino de Santiago lo labró la fe,
y que lo que atrajo de manera incontenida hacia Compostela fue la
querencia de venerar los restos mortales del Apóstol». Ante este
acontecimiento nuestra actitud ha de manifestar nuestro agradecimiento,
expresado con las palabras del salmista: «Oh Dios que te alaben los
pueblos, que todos los pueblos te alaben».
Experiencia de fe del Apóstol Santiago
Junto a su Tumba hacemos memoria de Santiago, apóstol y
heraldo del Evangelio, quien movido por la fuerza del Espíritu peregrinó a
Occidente enseñándonos el camino de Cristo a través del mensaje del
Evangelio. Él había acompañado a Jesús por Galilea con el grupo de los
doce, viajó por Samaría hacia Jerusalén, contempló la resurrección de la
hija de Jairo en Cafamaún, fue testigo de la Transfiguración del Señor en
el Tabor, asistió angustiado al sufrimiento de Jesús en Getsemaní, y en el
Cenáculo estando con los once a la mesa recibió el mandato del Resucitado
de ir por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad
para ser testigos del Salvador hasta el fin del mundo. A través del
Apóstol nos ha llegado una visión de la vida desde la fe, basada en un
testimonio histórico concreto donde Jesús es el Camino y en él encontramos
la Verdad que buscamos y la Vida que deseamos.
Discernimiento cristiano
Esta experiencia de fe le lleva a escribir a San Pablo:
«Creí por eso hablé, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también
con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para
vuestro bien». Aquí radica la innovación y la originalidad del
discernimiento cristiano. «La inserción de Dios en la historia, la unión
de tina Persona divina con la condición humana, la redención y el comienzo
de una nueva era, la plenitud de la revelación, la nueva visión de Dios y
del hombre en su relación con él. todo eso es una radical novedad, una
variación de un orden de magnitud incomparable con cualquier otro». El
hombre, única creatura capaz de preguntarse por el mundo, por la realidad
o simplemente de hacerse preguntas, desde la orientación cristiana es
contemplado de una manera nueva. Crea do porque la vida le ha sido dada,
es un ser inestimablemente libre que no se basta a sí mismo. Es imagen de
Dios y es amado por El para siempre.
Fe en la resurrección
Para el hombre la vida es algo que acontece, que se va
haciendo instante tras instante, modificando las circunstancias,
aprovechando sus posibilidades, intentando superar tos riesgos y las
amenazas del mal para colmar las aspiraciones más nobles del corazón
humano con la gracia de Dios. «Nos aprietan por todos los lados, pero no
nos aplastan; estamos apurados pero no desesperados; acosa dos pero no
abandonados; nos derriban pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas
partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida
de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». En este acontecer dramático en
que se entreteje la vida humana con un instante último en el tiempo,
mantenemos la esperanza de seguir viviendo después de la muerte corporal y
biológica porque ésta no es la extinción de la persona humana. No podemos
perder esta perspectiva en el conocimiento, relativamente descuidado, de
lo que significa ser persona. Nuestra fe en la resurrección, contenido
estrictamente religioso cristiano, nos lleva a la expectativa de la vida
perdurable donde se espera salvar todo lo auténtico y donde todo lo oculto
aparecerá, adquiriendo en presencia de Dios un valor incomparable. Si la
relación con Dios se limitara a la vida terrenal, la religión misma
perdería su sentido. La vida perdurable es lo más importante,
justificación de todo lo demás, orientado hacia esa esperanza. Nuestra
atención se ha concentrado en esta vida y sus afanes, y la vida eterna ha
quedado relegada a una calidad bastante inerte. Sin embargo de nuestro
interior surge la conciencia de estar llamados a ser no algo sino alguien,
esperando al término de nuestra peregrinación alcanzar la plenitud de
nuestras posibilidades. El amor y la fidelidad de Dios no nos abandonarán
a la oscuridad de la falta de sentido, del vacío y de la muelle. «Los
apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y
hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo». Éste es el
testimonio que debemos dar también hoy en nuestra civilización, en la que
los valores es angélicos son motivo de esperanza.
La familia cristiana
En los comienzos de este zarandeado siglo «es necesario un
nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las
comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse
respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y
atendiendo a las diversas culturas a las que ha de llegar el mensaje
cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada
pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud» (NMI 40). De
manera especial este mensaje debe tener eco en e! seno de la verdadera
familia, factor decisivo del bien común y de progreso moral para la
sociedad, que nuestros representantes políticos, responsables de legislar,
aplicar las leyes y regir los asuntos públicos, han de respetar, defender
y promocionar ante la pretensión de equipararla jurídica y socialmente a
otros modelos de convivencia en los que queda amenazada la dignidad de la
persona humana. El materialismo, la explotación sexual, los métodos y
experimentos, programados científica y sistemáticamente contra la vida
humana degradan la condición de la familia. No es el miedo ni una actitud
oscurantista sino la esperanza de un futuro mejor la que nos compromete a
no ser indiferentes ante esta realidad. «El hombre es el primer camino que
la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, es el camino
primero y fundamental de la Iglesia» porque «Cristo es la plenitud de la
humanidad».
Cultura do diálogo e de paz
Estes son os alicerces para afronta-los
novos e inquedantes retos que nos encontramos neste momento onde
percibimos que a paz é un ben fráxil que necesita de todo o noso esforzo e
solidariedade constructiva e que esixe orientalo noso razoamento e as
nosas accións cara ó ben de todos, A paz. que ten como piares a xustiza e
tamén esa forma particular de amor que é o perdón, non virá nunca dunha
violencia que responda a outra violencia. Estamos a vivir un momento de
transformación radical da historia, de difícil xestación dun mundo novo,
De nosoutros dependerá en boa parte o feito de construí-la civilización do
amor, ou a incivilización dos egoísmos erixidos como sistema. É a nosa
tarefa promover unha cultura do diálogo e unha cultura da paz,
expresándoos na filosofía, na socioloxía. na política e nas tradicións da
nosa humanidade, conscientes de que «a fe relixiosa inspira a paz. atenta
a solidariedade. promove a xustiza e sostén a liberdade». Honrar a Deus é
asumi-lo compromiso contra toda-las formas de terrorismo e de violencia
«que deshonran a santidade divina e a dignidade humana». A gracia de Deus
que trae a salvación a tódolos homes chámanos a construír unha cultura da
paz, afrontando as causas da pobreza, afirmando o respecto polos dereitos
humanos e as liberdades fundamentais, e asumindo como propia a causa dos
emigrantes e a intolerable situación dos refuxiados. Son necesarios xestos
de paz, actitudes operativas a favor do ben común, e palabras de
esperanza. Soamente «unha sociedade baseada na paz é unha sociedade con
futuro».
Excmo. Sr. Oferente, pongo sobre el altar su ofrenda,
implorando la intercesión del Apóstol para que «la humanidad, en estos
tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz
que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia», y
para que nuestras familias sean auténticos hogares de vida y de esperanza
donde «el amor se haga gratuidad, acogida y entrega». Encomiendo a la
bendición del Señor a nuestro pueblo gallego que siempre ha encontrado en
el Apóstol Santiago orientación clara a su existencia, a nuestros
gobernantes nacionales, autonómicos y locales, a los pueblos
hispanoamericanos con un recuerdo especial para el pueblo argentino, a
toda la Familia Real, deseando la pronta recuperación del Excmo. Sr. Duque
de Lugo. Pido por V. E., su familia y sus colaboradores en la misión que
tienen encomendada en el Parlamento Gallego. Dios nos ayuda y Santiago.
V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela |
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