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Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
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3. HOMILÍA EN LA MISA DE DESPEDIDA DE D. LUIS, OBISPO ELECTO DE LA DIÓCESIS DE OURENSE. 13-IX-2002Nuestro encuentro hoy en torno al altar es manifestación de gratitud a Dios por haber podido contar estos años con la colaboración inestimable del ministerio episcopal de D. Luis en esta Iglesia particular de Santiago. Es testimonio de nuestro agradecimiento a él por su labor ministerial realizada en esta Iglesia particular. Y es también signo de nuestra felicitación por la nueva misión que se le ha encomendado en la Iglesia hermana de Orense. Aquí, un día, le recibimos con gozo y esperanza y ahora le acompañamos con amor en la nueva misión episcopal que la Iglesia le ha encomendado. Todo ello hemos de vivirlo en ese horizonte de la historia de la salvación en el que percibimos que Dios concede el don de lo que manda y por eso confiadamente le decimos que mande lo que quiera, sabiendo que la vida es gracia y tarea. «Dios derrochó su gracia en nosotros, queridos hermanos, dándonos la fe y el amor cristiano» (1 Tm 1, 14). Así podemos hacer nuestra en todo comienzo y en todo final de las distintas etapas de nuestra peregrinación la confesión de San Agustín: «Tú eres Señor el que me juzgas, porque aunque nadie sabe las cosas interiores del hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él, con todo hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita en él; pero tú, Señor, sabes todas las cosas porque le has hecho... No con conciencia dudosa sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé». Esta confianza en Dios la manifestamos en los demás que contemplan los vaivenes de nuestra vida: «Porque no es pequeño fruto, —escribe san Agustín— Señor Dios mío, el que sean muchos los que te den gracias por mí y seas rogado en mi favor por muchos. Ame en mí el ánimo fraterno lo que se debe amar y duélase en mí de lo que enseñas se debe doler. Haga esto el ánimo fraterno, no el extraño sino el fraterno, que cuando aprueba algo en mí, se goza en mí y cuando reprueba algo en mí se contrista por mí, porque ya me apruebe. ya me repruebe, me ama». En esta perspectiva hemos de situar nuestro ministerio sacerdotal y episcopal, poniendo de por medio la caridad, el amor, el afecto mutuo y fraterno «que cubre la multitud de los pecados» (1 P4, 8) en el tiempo de nuestro ministerio. Es inmensamente complejo el pastoreo sacerdotal. Bordeamos el misterio. A veces nos vemos absorbidos por él. Sólo en la fe que trasciende toda ciencia, podemos contemplarlo, dando gracia a Dios. El refugio en las adversidades y en los desconciertos y el consuelo en los momentos de gozo es siempre la Palabra de Dios, pudiendo decir con el Salmista: «Qué dulces son para mis labios tus comunicaciones, Señor» (Sal 118, 103). No es extraño que percibamos constantemente la necesidad de un continuo examen de conciencia. San Ignacio le escribirá a San Policarpo: «Soporta a todos como el Señor te soporta a ti... Pide más conocimiento del que tienes... Habla a cada uno al estilo de Dios... Mantente firme como un yunque golpeado». Hemos de mantenernos en la verdad que nos hace libres y en la fidelidad creativa que nos hace héroes. En este sentido es muy elocuente el mensaje de la carta de Pablo que acabamos de escuchar: «El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!... Porque siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles; me he hecho todo a todos para ganar sea como sea a algunos». Desde el eco del Sermón de la Montaña, con estilo sapiencial y con sentencias de uso religioso moral entonces, Jesús trata de educar prioritariamente en la humildad y en la caridad las actitudes más íntimas de la conciencia para no caer en la hipocresía. Buscando la urdimbre del breve pero aparentemente complejo texto del Evangelio, podría reducirse a dos palabras: responsabilidad humilde. El Maestro nos habla de la tarea de enseñar, servicio que obliga a la humildad de reconocernos también discípulos: «Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?» Nuestra responsabilidad, queridos hermanos, es muy grande. Jesús nos hace caer en la cuenta de que necesitamos formarnos rectamente para que nuestra enseñanza, teórica y práctica, no sea perjudicial para nosotros y los demás. Nos exhorta a la humildad, porque incluso después de creer que sabemos mucho, hay que reconocer que «el discípulo no es más que su maestro si bien cuando termine su aprendizaje será como su maestro». ¿Qué sabemos en comparación de lo que ignoramos? El Buen Pastor nos exhorta también a la corrección fraterna, reprendiéndonos que tengamos ojos de lince para ver hasta las menores faltas de los demás y seamos miopes para fijarnos siquiera en los mayores fallos nuestros, perspicaces siempre para detectar deficiencias ajenas en la misma medida que inauténticos interiormente, y por tanto antievangélicos «qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» Es necesario primero la corrección propia para prestar ayuda a los otros en la tarea de corrección: «Sed misericordiosos como lo es vuestro Padre celestial». Es preciso practicar la corrección fraterna pero lo es también aceptarla. Si nos dejamos quitar la viga de nuestro ojo, estaremos preparados para quitar la mota del ojo del hermano. No podemos desdecir de nuestro Maestro y hay que evitar el repelente puritanismo farisaico para mirar todas las cosas con los ojos de Cristo. Que Santa María y el Apóstol Santiago interceden por todos nosotros para en todo momento sepamos ver y vivir nuestro compromiso ministerial con ojos de humildad. Encomendamos el ministerio pastoral de D. Luis en la iglesia particular de Orense. Y dispongámonos día a día como Santiago y su hermano Juan a beber el cáliz del Señor, anunciando su muerte y proclamando su resurrección. |