Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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1. HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO.
25 DE JULIO DE 2002

Excma. Sra. Oferente, S.A.R. Infanta D Cristina
Excmo. Sr. D. Iñaki Urdangarín, Duque de Palma
Hermanos en el Episcopado
Excmo. Cabildo Metropolitano
Excmas. e Ilmas. Autoridades
Miembros de la Archicofradía del Apóstol
Miembros de las Órdenes Militares
Hermanos sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos
Peregrinos a la Tumba del Apóstol

En esta solemnidad del Apóstol Santiago, nuestro patrono, llega, Excma. Sra. como peregrina de la fe, con la ofrenda de gratitud y de súplica en nombre de S.M. el Rey y en representación de toda España, renovando una tradición que nos hace tomar conciencia a los cristianos de nuestra comunión en la misma fe, esperanza y caridad, y que nos anima a todos a colaborar en un bien común, enriquecido con lo propio y específico de nuestros pueblos y autonomías, fortaleciendo la unidad en tomo a los valores esenciales.

Memoria de la tradición apostólica

Esta celebración es un momento providencial para recordar que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles, que Cristo es la piedra angular y que la Iglesia. fundada por Él, iluminadora de la entraña del hombre y de la esperanza de los mortales, recibe la misión de anunciar, afirmando sin reducciones el mensaje del cristianismo, para que el hombre descubra con claridad la verdad íntima sobre el significado de su vida, de su actividad y de su muerte, y alcance la vida eterna. Es una llamada a vivir con altura espiritual y recordare! destino trascendente de nuestra naturaleza original que nos urge a buscar el porqué último de la existencia en todos los entresijos de la vida y en todas sus implicaciones, trabajando para que la sociedad sea un espacio de sincero diálogo, de pacífica convivencia, de verdadera fraternidad y de solidaridad humana. Este esfuerzo de reflexión sobre el misterio del hombre define nuestra cultura en el intento de concretar el sentido de la vida humana y lograr el acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios. Cristo, respuesta a los interrogantes en nuestro peregrinar, nos pregunta también si somos capaces de beber su cáliz, y nos alienta a decirle: «Lo somos», porque «una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros». Sólo la conciencia atenta y apasiona da de nosotros mismos puede abrirnos de par en par la puerta para conocer, admirar, y seguir a Cristo que se ha solidarizado con la suerte y situación de cada hombre, Re conocer la presencia divina en el hombre cierra toda posibilidad a una falsa absolutización o divinización de ¡o humano, y a cualquier forma de pensamiento, de cultura o de política que reduzca al hombre a un medio para otros fines, obligándolo a adorar a los ídolos de este mundo. El apóstol Santiago acreditó su compromiso con el Señor en el martirio, que sigue siendo una posibilidad en sus diferentes formas reales con la que los cristianos tenemos que contar.

La vida humana, valor sagrado

En el espesor de la historia, el Espíritu nos ayuda a descubrir que sólo Dios nos salva y define la moralidad de la persona humana. El hombre, imagen y semejanza de Dios, posee un principio original, fundamento de derechos inalienables y fuente de valores. El respeto a su vida, don sagrado, desde el instante de su concepción hasta su muerte natural y el respeto al honor de Dios van inseparablemente unidos. Nadie está legitimado para dar espacio y medios a la cultura de la muerte. La vida debe defenderse siempre contra toda clase de violencia y contra toda acción terrorista que debe ser condenada radicalmente. Siempre las víctimas y sus familiares y los amenazados han de contar con nuestro apoyo y cercanía como única actitud válida para los cristianos y anterior a cualquier creencia, ideología o proyecto político. Sin cortedad de miras y sin dejarse arrastrar por la inercia, es necesario construir una sociedad más humana que responda a la verdad cristiana. Esto exige renovar los recursos espirituales esenciales para asumir un compromiso serio y decisivo, tanto individual como colectivo, a favor del bien común y de la solidaridad, evitando que sintamos a veces las diferencias, sensibilidades y peculiaridades de los demás como un peso o incluso como una amenaza. «El miedo a la diferencia, alimentado por resentimientos de carácter histórico y exacerbado por las manipulaciones de personajes sin escrúpulos. puede llevar a la negación de la humanidad misma del otro, con el resultado de que las personas entran en una espiral de violencia de la que nadie se libra», nos ad vierte el Papa (Discurso la ONU el 5 de octubre de 1995, n. 9).

Evangelización y promoción humana

Cristo contempla apasionadamente la existencia humana y muestra su preocupación por la felicidad de cada uno, considerando el valor de la persona como algo irreductible. El hombre por el hecho de ser hijo de Dios, posee su propia dignidad que nunca desaparece independientemente de las circunstancias externas. La Iglesia y el Estado, desde la esfera propia, deben trabajar por mejorar las condiciones de vida de todos sin excluir a nadie. En este sentido, la obligación ética de acoger a los otros no puede basarse únicamente en la defensa de nuestro propio bienestar. La Evangelización y la promoción humana van íntimamente unidas. «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» O «¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt 16, 26). En la búsqueda de su felicidad no debe acomodarse a los criterios del mundo sino que ha de renovar su mente para saber distinguir cual es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto (Rm 12, 2). La religiosidad en cuanto nos motiva a vivir todas las acciones como dependientes de Dios, se convierte en actitud moral, sabiendo que «no todo el que diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad del Padre celestial» (Mt 7,21). El hombre no es un ciudadano anónimo de la ciudad terrena. Sabe que su grandeza es dar y darse porque «el que ama su vida, la pierde; el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12, 23). El cristianismo nos transforma en peregrinos incansables hacia una meta no alcanzada aún, seguros del futuro porque todo se apoya en la presencia de Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8); «que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

Identidad del cristianismo

Avivar las raíces de la fe para revitalizar nuestro compromiso cristiano, es concienciamos de que nuestra fe no se apoya en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios, pudiendo decir: «Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados pero no desesperados; acosados pero no abandonados» (2 Co 4, 8-9). En medio de una cultura, condicionada por el sincretismo y el relativismo, hemos de testimoniar con valentía que el cristianismo no es mero producto del hombre y que las verdades cristianas que enseñamos, representan la realidad de la auto comunicación de Dios por medio de su Hijo Jesucristo, único Salvador del hombre. Ésta es la sabiduría misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria (cfr. 1 Co 2, 7). La Palabra de Dios, la tradición apostólica y el magisterio de la Iglesia son el criterio para discernir sobre la pretensión de quienes intentan imponer una visión fragmentaria de nuestra cultura cristiana mediante la teoría de un indiferenciado multiculturalismo. El cristianismo con su propia identidad nos descubre que somos constitutivamente imagen de Dios, memoria de Dios y re novado deseo de Dios, por lo que debemos «obedecer a Dios antes que a los hombres». Todo lo que como hijos de la Iglesia podamos ofrecer a la sociedad y a la historia, es resultante de la realización obediente, fiel y humilde del encargo que hemos recibido de Dios en Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación. «Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5, 32). Este convencimiento nos compromete a vivir en el espíritu de la gratuidad, en el ejercicio de la misericordia ante el pecado del hombre y en la actitud del perdón que, sin contraponerse a la justicia, cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas.

Presencia de Deus na historia

«Crin por iso falei». A fe cristiá, benqueridos filos da igrexa en Galicia, axúdanos a descubrir no mundo as manifestacións do Deus vivinte que guía providencial e pa cientemente a historia, esperando a benaventuranza que encherá e superará tódolos dexesos de paz que se ergan no corazón dos homes porque «quen resucitou ó Señor Xesús, tamén con Xesús hanos resucitar». Entón só permanecerán a caridade e as súas obras. Non nos instalemos na superficialidade fin nos deixemos levar pola indiferen cia. Avivémo-la esperanza que nos fai ollar cara o alto e caminar rumbo adiante, dan do un renovado impulso á nosa vida cristiá. «A espera duna terra nova no debe debi litar senón máis ben aviva-la preocupación de cultivar esta terra onde crece a nova familia humana que pode ofrecer xa un certo esbozo do século novo. Por iso aínda te mos que distinguir coidadosamente o progreso terreo do crecemento do Reino de Cristo, nembargantes, o primeiro, na medida en que pode contribuir a ordenar mellor a sociedade humana, interesa moito ó Reino de Deus. Os bens da dignidade humana, a comunión fraterna e a liberdade, é dicir, todos estes froitos bos da nosa natureza e da nosa dilixencia, tras habelos propagado pola ten-a no espíritu do Señor e segundo o seu mandato, encontrarémolos de novo, limpos de toda mancha, iluminados e transfigu rados cando Cristo entregue ó Pai o reino eterno e universal» (05 39).

Pongo sobre el Altar su ofrenda, Excma. Sra., confiando en la intercesión del Apóstol Santiago sobre todos los pueblos de España y de Iberoamérica. Encomiendo a nuestros jóvenes, algunos de ellos reunidos con el sucesor de Pedro en la Jornada Mundial en Toronto, para que sean sal de la tierra, dándole el sabor de santidad al mundo. Pido fortaleza, generosidad y constancia en el diálogo para nuestros gobernantes para que trabajen siempre en favor del bien común y de la renovación ética y moral de nuestra sociedad. Invoco la bendición de Dios sobre sus Majestades, los Reyes, sobre Vuestra Excelencia, su esposo y sus hijos, y sobre toda la Familia Real. «Astro brillante de España, Apóstol Santiago; tu cuerpo descansa en la paz; tu gloria pervive entre nosotros».