|
Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
||
2. SALUDO EN LA REUNIÓN DE ARCIPRESTES.13 DE SEPTIEMBRE DE 2002 Con ánimo renovado avivamos nuestro compromiso en la pastoral diocesana, haciéndonos eco de la llamada del Papa en la carta apostólica «Novo Millennio Ineunte» que nos pide una nueva acción misionera. No es nueva en su contenido. Lo es en la forma y en el estilo de dar respuesta a situaciones distintas en el escenario continuamente cambiante de una sociedad globalizada como la nuestra. Esto nos exige, recordando el texto evangélico de la curación de la suegra de Pedro, curarnos de la fiebre de la autosuficiencia que afecta nuestra actividad apostólica y espiritual, que nos aísla en nuestra pasividad e indiferencia y que nos encierra en las ensoñaciones de un mundo irreal. En la suegra de Pedro la respuesta a la gracia de la curación fue el inmediato servicio: «Se puso a servirles». Nuestra Iglesia particular nos pide nuevas actitudes de servicio pastoral, como ámbitos de comunión en respuesta a la misión. Puesto que la misión es la razón de existir de la comunidad eclesial, la misión debe pasar a ser parte determinante de toda la vida y actividad de esa comunidad, debe comenzar por un proceso de renovación valiente del modelo de comunidades. En la parroquia cristiana del tercer milenio es necesario integrar a todas las comunidades (familia, movimientos, asociaciones, vida consagrada). De lo contrario no da remos pasos firmes y decididos en la construcción de la comunidad cristiana que necesita la nueva acción misionera. La Iglesia en nuestra Diócesis compostelana está llamada a discernir entre lo que es verdaderamente manifestación de Dios y las tendencias involutivas que dificultan la comprensión del mundo y de la historia. Necesitamos renovamos, encontrar continuamente y de forma nueva las palabras exactas y los gestos adecuados para anunciar y proponer a los hombres de hoy el Evangelio de Jesucristo, recorrer los viejos y nuevos caminos para manifestar el perenne plan escondido desde el comienzo de los siglos y revelado hoy en la plenitud de los tiempos: que Dios es Padre y que todos los hombres son hermanos en Cristo. En un mundo continua y rápidamente cambiante deberemos echar mano de toda nuestra inteligencia teológica para «valorar los fenómenos y acontecimientos que suceden en nuestro entorno; en un mundo que brinda un rico mercado de filosofías y religiones hemos de sabemos orientar con capacidad crítica aunque “sin perder ni siquiera un ápice de la fuerza extraordinaria del Evangelio”. Esto va a depender en buena parte de nuestras convicciones personales de fe y de las decisiones que sepamos tomar. En este sentido, podemos decir que desde hace unos años, uno de los aspectos que se pone más de relieve en la Iglesia es el de la comunión que ha de reinar en la Iglesia y presidir todos sectores de la acción pastoral. “Todos los cristianos, las iglesias particulares y la Iglesia universal están llamados y urgidos a recobrar y hacer vivo el mismo coraje que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu Santo” (RM 30). Consecuentemente hemos de ver con claridad que cualquier plan o programación pastoral ha de tener como meta irrenunciable la santidad de todo cristiano, sin olvidar el compromiso de una pastoral social concreta basada en el espíritu de solidaridad fraterna, siguiendo la doctrina social de la Iglesia. De todos es sabido que la cultura laicista, el clima de secularización. En este contexto cobra una importancia particular la renovación de la catequesis mediante la cual la Iglesia cumple con el deber de mostrar serena mente la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe; de prestar mucha atención a la familia y de incentivar la preocupación vocacional. La indiferencia religiosa o la fragilidad de ciertas instituciones tradicionalmente sólidas, como la familia misma, los centros educativos e incluso algunas instituciones eclesiales, pueden hacer mella en los cauces a través de los cuales se trasmite la fe y se promueve la educación cristiana de las nuevas generaciones». En esta situación conviene recordar que en la causa del Reino no es buena actitud mirar atrás y menos dejarse llevar por la ausencias y por la pereza. El Catecismo de ¡a Iglesia católica servirá de guía y de inspiración para una catequesis renovada y adecuada a los diversos sectores de los fieles, teniendo en cuenta que nuestra vocación cristiana es una vocación de servicio y que la ocupación primordial es llevar a todos el Evangelio que anuncia y realiza la salvación. Reiniciamos las tareas pastorales con la conciencia de las metas alcanzadas. Con esperanza vemos que hay semillas pastorales que están brotando con confianza, fiabilidad y decisión. Nuevas inquietudes, nuevos equipos sacerdotales que pronto de seamos que han de dar paso a los equipos pastorales con presencia de religiosos y laicos. Para ello «es necesario que los fieles pasen de una fe rutinaria a una fe consciente, vivida personalmente. La renovación en la fe será siempre el mejor camino para conducir a todos a la Verdad que es Cristo» (Ecclesia in América. 73). En un mundo donde las personas están sometidas a la continua presión cultural e ideológica de los medios de comunicación social, es esencial que los católicos conozcan lo que enseña la Iglesia, comprendan esa enseñanza y experimente su fuerza liberadora. La Iglesia necesita una profunda complementariedad entre la vocación del sacerdote, la de la vida consagrada y la de los laicos. Debemos manifestar con fuerza el testimonio auténtico: el Papa Pablo VI comentaba que había que hacerlo con claridad, afabilidad, confianza y prudencia (Eclesiam suam, 83). «La claridad, ante todo. E! diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlos entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra exigencia apostólica a revisar todas las formas de nuestro len guaje, para ver si es comprensible, si es popular, si es escogido. Otra característica es la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de sí mismo: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón»; el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso. La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor, pro mueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus en una mutua adhesión al Bien común que excluye todo fin egoístico. Finalmente la prudencia pedagógica tiene muy en cuenta las condiciones sicológicas y morales del que oye: si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; y se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación no para serle molesto e incomprensible. Cuando el diálogo se conduce así se realiza la unión de la verdad con la caridad, de la inteligencia con el amor». Continuad vuestra labor pastoral y tratad de buscar respuesta a las necesidades y problemas que nuestra Iglesia experimenta hoy, integrándose en la vida parroquial y en los programas pastorales de la diócesis.
V Julián Barrio Barrio, |