Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago

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2. LA SEMANA SANTA DESDE LA FE

Estamos ya inmersos en la Semana Santa cuyo culmen es la celebración de la Resurrección del Señor. ¿Cómo podemos acercarnos a la fe pascual y vivir el mensaje de la pasión, muerte y resurrección del Señor? Es fácil caer en el tópico para hablar de este acontecimiento religioso. Con relativa frecuencia escuchamos que en estos tiempos la Semana Santa ya no es lo que era. Son muchos los que toman estos días de vacaciones tratando de buscar ese equilibrio psico-físico de la persona, a veces, olvidando la dimensión espiritual que con ese otro aspecto aludido configura la salud personal. También, no son pocos los que asisten y participan en los oficios litúrgicos y acuden a las procesiones como manifestación de la piedad popular más allá de todo folklore.

En estas circunstancias considero no equivocado constatar que la así llamada modernidad, privilegiando el tener, el hacer y el consumir, ha aliado al individuo a un proceso productivo a costa del proceso afectivo y del espiritual, relegados a un segundo plano. Por eso es más necesario que nunca favorecer la vida existente en su integridad y calidad. Ante este compromiso no es infrecuente adoptar la postura del escepticismo, siempre estéril, y sobre el que no se puede fundamentar la existencia pues como escribía Georges Bemanos: «No se juega el propio destino con los dados de una hipótesis». En todo caso siempre hay que recordar lo que escribía san Ignacio de Antioquía a los Romanos: «Lo propio del cristianismo cuando es odiado por el mundo no es asunto de persuasión sino de grandeza».

En medio de los sentimientos de nuestro tiempo los cristianos confesamos que el Hijo único de Dios bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre; y por nuestra causa, es decir, por nuestra salvación, fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras y está sentado a la derecha del Padre. El convencimiento de que Dios se ha revelado plenamente inserto en la historia humana y solidario con nosotros en Cristo Jesús, nos lleva a afirmar que no hay nada del hombre o del mundo del hombre que escape a la mirada de la fe.

Desde esta perspectiva nos acercamos a la contemplación y vivencia de estos días de la Semana Santa en los que celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor quien «obediente hasta la muere de cruz», murió para salvar a los hombres a fin de obtenerles el perdón de los pecados y hacerles partícipes de la vida divina: hijos adoptivos de Dios y herederos suyos. «La muerte de Jesús es un gesto de amor»: de amor a Dios Padre que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito para que el que cree en Él no muera, sino que tenga la vida eterna»; de amor a los hombres pues como escribe San Pablo: «Difícilmente habrá quien esté dispuesto a morir por un hombre justo, aunque por un hombre de bien tal vez alguien lo esté. Pero siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». A sus seguidores les había dejado claro que «el Hijo del Hombre no había venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Cristo nos señala una nueva forma de existencia, poniendo al descubierto la hondura del misterio del hombre como hijo de Dios e indicándonos que la belleza, la verdad y la bondad son realizables en el amor lejos de todo odio, en la fraternidad sin ninguna exclusión, en la sinceridad ajena a todo engaño, y en los valores cristianos derivados de la dignidad de la persona. La figura de Cristo sigue mostrando esa fascinación para el hombre, creyente o no, del siglo XXI. Su destino humano en la pasión y muerte no es punto final. El Hijo de Dios, hecho hombre, ha resucitado de la muerte y ha sido constituido Señor de la historia. «La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su espíritu para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en el Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (GS 10).

La mirada de la fe nos hace descubrir esa policromía de nuestra salvación cuyos colores se resaltan de manera especial en estos días. Necesitamos el silencio de la esperanza para ahondar en estas realidades. Escribía San Juan de la Cruz: «Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio... y en silencio ha de ser oída del alma». Afinar la sensibilidad del alma y tomar conciencia de que la tierra que pisamos, es sagrada, nos llevará a descalzarnos de tantos prejuicios con la actitud del hombre penitente. El amor de Dios es siempre primavera que florece generosa con el fruto de la resurrección. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5). Felices Pascuas de Resurrección.

V Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

(Artículo publicado en la Voz de Galicia el 31 de marzo de 2002).