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Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago |
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SEMINARIO MAYOR CERTAMEN FILOSÓFICO Y TEOLÓGICO El pasado día 9 de febrero, después de cenar con los seminaristas, el señor Arzobispo hizo entrega de los premios del Certamen Filosófico y Teológico convocado para los seminaristas mayores compostelanos con motivo de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, patrono del Seminario. El Certamen consistió en realizar un trabajo, bien sobre la encíclica «Fides et Ratio», bien sobre la declaración «Dominus Iesus». Los trabajos fueron juzgados por los respectivos jurados que emitieron su voto puntuando de 1 a 10. Para «Fides et Ratio» el jurado lo formaban el Excmo. y Rvdmo. señor D. Luis Quinteiro Fiuza, D. Demetrio Díaz Sánchez, D. Benito Méndez Fernández, D. José Morente Torres y D. José-Leonardo Lemos Montanet. Para «Dominus Jesus» formaron jurado el Excmo. y Rvdmo. señor D. Julián Barrio Barrio, D. Segundo Pérez López, D. Alfonso Novo Cid-Fuentes, D. Manuel Ferreiro Méndez y D. Bartolome Sánchez Canals. Las calificaciones fueron altas y los miembros del jurado resaltaron la gran calidad de los trabajos presentados. Cada trabajo ganador fue premiado con 50.000 pesetas, de las cuales 25.000 son un cheque de libros a gusto del ganador y las restantes 25.000 en metálico. Con el título «¡Jesús es Señor! Un acercamiento a la Dominus Iesus», un trabajo de 20 páginas, calificado con 9,58/10 puntos, resultó ganador el seminarista de 3° de Teología (5° curso) D. José-Luis Dorelle Iglesias, de A Estrada. Con el título «Fides et Ratio, actualidad, retos y desafios para el hombre moderno», un trabajo de 18 páginas, calificado con 9,1/10 puntos, resultó ganador el seminarista de 1° de Teología (3° curso) D. Miguel López Varela, de Culleredo. En el acto de entrega de premios, el señor Arzobispo manifestó su gran aprecio por esta iniciativa y la gran calidad de los trabajos presentados; asímismo animó vivamente a llevar adelante el próximo certamen que tendrá lugar con motivo de la fiesta de la Virgen de los Dolores, patrona de este Seminario Mayor, incentivando la participación con su personal ayuda económica, de modo que no sólo se dé un primer premio, sino un segundo y un tercero. El próximo Certamen versará sobre la Virgen María, contemplada desde distintos ángulos: teológico, realizando un trabajo sobre el capítulo 8° de la Lumen Gentium, literario, con trabajos en verso o en prosa, catequético, con una catequesis para el mundo actual sobre María modelo de la Iglesia y del cristiano. De cada trabajo premiado sus respectivos autores han preparado una síntesis para este Boletín. iJESÚS ES SEÑOR! Un acercamiento a la «Dominus Iesus». La «Dominus Iesus» fue publicada el 6 de agosto de 2000 por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es una confesión firme en Jesucristo como Señor de la historia. La temática de este documento es la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y la unicidad y unidad de la Iglesia. Quiere llamar la atención de los obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales imprescindibles. Recuerda el derecho de la Iglesia a evangelizar, pues la misión ad gentes continúa tan vigente como después de la resurrección. Esta Declaración no enseña doctrinas nuevas, sino que viene a retomar la doctrina de la fe católica ya patente y explicada en documentos anteriores del magisterio de la Iglesia y que, -a juzgar por las múltiples reacciones que ha suscitado- era necesario explicitar frente a desviaciones o interpretaciones erróneas. Sale a la luz con la ratificación y confirmación del Papa para confesar que Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable, pues Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste el Verbo de Dios hecho carne para la salvación de todos. Jesucristo es « el Alfa y la Omega; el Primero y el último, el Principio y el Fin» (Ap 22, 13), y las otras mediaciones reciben de Él el valor y significado que poseen. Al mismo tiempo, la Declaración nos recuerda la unicidad de la Iglesia fundada por Cristo. Esta Iglesia subsiste en la Iglesia católica, cuya misión es anunciar el Reino y establecerlo en el mundo, del cual ella misma es germen y principio. Para los que no son miembros de la Iglesia la salvación es accesible de todos modos por la gracia de Cristo comunicada por el Espíritu Santo. El empeño de la Iglesia peregrina es anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor y que Él mismo le confió: « Id y enseñad a todas las gentes...» (Mt 28, 19). La «Dominus Iesus» se alza como un documento que era necesario frente a la expansión de una teología pluralista y el relativismo imperante en las ideologías. Se trata de evitar la concepción de que todas las religiones son caminos igualmente válidos de salvación. Al afirmar esto último, lo que se hace es destituir a la revelación cristiana y al misterio de Jesucristo y de la Iglesia de su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica. En Jesús de Nazaret, Verbo hecho carne, tiene el hombre el cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad. Y en la Iglesia encuentra el hombre la plenitud de la gracia de Cristo, único Mediador y camino de salvación. Este documento reafirma el respeto que la Iglesia católica siente por las otras confesiones cristianas o religiones no cristianas y reconoce los elementos de verdad que en éstas se encuentran. Lo que no admite es que Jesucristo sea considerado solo un guía espiritual, o un fundador más, pues Él es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6); negar esto es negar lo más específico del cristianismo. El texto de la Declaración alerta sobre el error de fomentar el diálogo ecuménico abandonando o quitando densidad doctrinal a la unicidad y universalidad salvífica de Cristo. Con Él la humanidad no necesita ningún otro salvador, pues Él es el verdadero misterio de nuestra salvación. Durante el rezo del Ángelus de 1 de octubre de 2000, el Papa reafirmó el talante ecuménico de este documento y asímismo explicó su función de aclaración y de apertura. Fides et ratio, actualidad, retos y desafíos para el hombre moderno. Todos los hombres naturalmente desean saber. Son las palabras con que Aristóteles había comenzado su Metafísica. Y, sin duda, la verdad es el objeto propio de este deseo. San Agustín, por su parte, había llamado inquietud del corazón humano al hecho de que, en lo hondo de su ser, todo hombre o mujer se encuentre ante estos interrogantes: ¿quién soy yo, qué debo hacer, qué sentido tiene la vida? Interrogantes todos ellos que nos hablan del deseo que cada individuo tiene por conocer la verdad sobre su propio fin. En esta búsqueda el hombre pretende encontrar un absoluto, algo que sea último y fundamento de todo lo demás, más allá de lo cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores *, y capaz de dar respuesta y sentido al enigma de su existencia. Y es necesario preguntarse ¿qué verdad?, ¿la verdad, acerca de qué... ?, pues es tal la proliferación de «verdades», que la verdad ha perdido su valor para el hombre hasta el punto de que a pocos interesa, ya su búsqueda. Cuando el límite de la verdad no está más que en ella misma, el hombre actual se reduce a lo inmediato. Pero, si es extraño el hecho de plantease en nuestro tiempo la necesidad de volver a reflexionar sobre la verdad, cuánto más volver a plantear el viejo problema medieval de las relaciones entre la fe y la razón.Y aún todavía más asombroso hacerlo en un tiempo en el que la razón dista muchísimo de la fe, desde que aquella había comenzado su emancipación en el siglo XVI y sobre todo en el XVIII con la Ilustración. Y entonces, ¿qué es lo que ha movido al Papa a pretender un nuevo encuentro entre fe y razón? ¿Por qué después de 2.300 años saca a la luz Juan Pablo II Fides et ratio, afirmando con fuerza las viejas palabras del Estagirita? Este trabajo sobre la actualidad de la Fides et ratio pretende mostrar la profunda actualidad que este documento tiene cuando habla de la exigencia de volverse a replantear las olvidadas relaciones entre la fe y la razón, como camino que posibilita la ineludible búsqueda de la verdad última, capaz de calmar toda existencia humana, y hacia la que la Filosofía y la Teología se encaminan y que no ha de ser otra que Dios. De este modo se muestra la indisoluble unión de ambas en el mismo deseo de la única Verdad y en la plena confianza de alcanzarla, aún cuando la razón y la fe parten de caminos distintos. Esto es lo que Juan Pablo II ha llamado diaconía de la verdad. Sin embargo, en esta actualidad que presenta la encíclica está también su desafío; no tanto el mostrar las razones de la fe, como mostrar que la fe es una exigencia para el hombre de hoy y de siempre. Y éste sea quizá la mayor exigencia y la clave para la Nueva Evangelización. Pero, si es el desafío, lo es a la vez el peligro, pues fácilmente se piensa hoy que la verdad de la fe suplanta a la verdad del hombre, como si aquélla fuese algo irreal y totalmente ajeno al hombre. Y en esto es muy importante que se haga visible y efectiva en la vida del cristiano esta unidad entre lo que cree y lo que vive. Nota: |