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Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago |
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Carta Pastoral en el Día del Seminario. Marzo 2001. SENTIR LOS LATIDOS DEL SEMINARIOQueridos diocesanos: La incertidumbre del futuro preocupa a todos y desconcierta a los que viven sin esperanza. Y en este ámbito se mueve el espíritu cuando se trata de analizar la situación vocacional al sacerdocio con oscuro entendimiento y no siempre con lúcido afecto. Por eso nos encontramos a veces con algunas personas que divulgan opiniones no acordes con el sentir de la Iglesia, fundada por Cristo que "quiso perpetuar en ella su único sacerdocio". En este sentido traemos a la memoria las palabras que se proclaman en el Prefacio de la Misa Crismal: "El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo para que por la imposición de las manos participen de su sagrada misión". De ahí que nunca será excesiva la atención solícita que podamos dedicar a nuestros Seminarios Mayor y Menor a los que todos, sacerdotes, diáconos permanentes, miembros de vida consagrada y laicos, hemos de mirar con admiración, amor y compromiso. Ningún diocesano debe sentirse mero espectador ante las vicisitudes de nuestros centros de formación sacerdotal. Nuestro cálido afecto y nuestra oración sencilla y confiada son imprescindibles. La vocación, don de DiosNuestro Seminario Mayor ha vivido momentos de plenitud en estos seis años pasados con la ordenación episcopal de quienes fueron Rectores del mismo, Mons. Eugenio Romero Pose y Mons. Luis Quinteiro Fiuza, nuestro Obispo Auxiliar, y con la ordenación sacerdotal de los treinta y seis nuevos miembros de nuestro presbiterio diocesano que con su juventud contribuyen al dinamismo de la vida pastoral de nuestra Iglesia particular. Por todo ello, nunca será lo suficientemente grande nuestro agradecimiento a Dios. En todo caso, es necesario continuar la brega, y poner la mano en el arado mirando hacia delante, implicándonos seriamente en la pastoral vocacional. Hace algunos días escribía a los jóvenes diocesanos participándoles mi preocupación e inquietud por la escasez de vocaciones al sacerdocio, de las que depende gran parte de la vida eclesial. Les comentaba entonces que toda vocación cristiana es un don de Dios y que la vocación sacerdotal es un don inefable del amor de Dios al hombre. "No me habéis elegido vosotros a mí. Yo os elegía vosotros"(Jn 15,16), dijo Jesús a sus apóstoles. Sentimientos estos que quiero reavivar de manera especial con vosotros en el Día del Seminario, esperando que esta llamada no pase desapercibida por causa de la indiferencia o de la rutina, y siendo consciente de que uno de los frutos de la fe, si es viva, de los que formamos esta Iglesia diocesana han de ser las vocaciones sacerdotales. "El Seminario, corazón de la diócesis"El lema de esta Campaña: "El Seminario, corazón de la Diócesis", pone ante nuestra consideración que esta comunidad educativa, es una realidad imprescindible para la vida de la Diócesis, definiéndose "como un ambiente espiritual, Lit] itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo, de manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio puede llegar a ser, con el Sacramento del orden, tina imagen de Jesucristo, Cabeza 5, Pastor de la Iglesia"(PDV 42). Todo ello en ese doble movimiento de sístole y diástole, de contracción y dilatación, de conocimiento de los propios objetivos y referencia a la vida diocesana. Siendo el Seminario "la cuna del presbiterio", los seminaristas han de ser el corazón que late a este impulso. En la realidad del Seminario podemos contabilizar la gestión económica pero no es fácil cuantificar los desvelos humanos-sacerdotales en la formación de los candidatos al sacerdocio. En este sentido, tenemos que hacer referencia obligada a la entrega generosa, no siempre reconocida, de los formadores, a la preparación remota y próxima de los profesores, y a los esfuerzos de los seminaristas por ser fieles a la vocación con que han sido llamados. Todos nos damos cuenta de las muchas dificultades que éstos encuentran "en su particular camino de Emaús" en el momento actual. Será preciso auscultar con detenimiento y con atención los latidos de este corazón diocesano, favoreciendo todo lo que le pueda vigorizar, reconociendo que el Señor nos da en gracia lo que nos pide como misión. Como nos recuerda el Decreto sobre la Formación sacerdotal del Vaticano II, "todos los sacerdotes deben considerar al seminario como el corazón de la diócesis y prestarle gustosamente su ayuda"(n° S). Nuestro Seminario Menor, más que nunca necesario en nuestra Iglesia particular, fomenta la disponibilidad en los alumnos que aquí son recibidos, para seguir la propia vocación y para que un día estén en condiciones de recibir la formación sacerdotal en el Seminario Mayor. Su influjo se concreta en relación con la parroquia, la familia, o los grupos apostólicos donde viven y se forman los niños, adolescentes y jóvenes. La tarea de formadores y profesores no está exenta de una gran disponibilidad y sentido educativo en circunstancias no siempre fáciles para conseguir el propósito inherente a la finalidad de la propuesta educativa, "dirigida a custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de corresponder a ella"(PDV 63). Exhortación finalCon la intercesión de San José, patrono de la Iglesia y valedor de las vocaciones sacerdotales, roguemos al Dueño de la mies, -la oración ha de fundamentar nuestra pastoral vocacional-, recordando las palabras orantes del Papa Pablo VI: "Suba pues hasta el cielo nuestra oración desde las familias, desde las parroquias, desde las comunidades religiosas y desde las salas de los hospitales, de labios de los niños inocentes para que aumenten las vocaciones sacerdotales y para que sean según los anhelos del Corazón de Cristo". Conociendo también las necesidades económicas de nuestros Seminarios, os pido que prestéis vuestro apoyo con entusiasmo y generosidad. Con todo agradecimiento, os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,
Arzobispo de Santiago de Compostela |