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Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago |
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Carta pastoral en la Cuaresma del 2001 LA CUARESMA, MENSAJE DE ESPERANZAQueridos diocesanos: Continuamos nuestra peregrinación hacia la Casa del Padre, celebrando a lo largo del año litúrgico los misterios de la redención de Cristo para llenarnos de la gracia de la salvación. La Iglesia en este tiempo de la Cuaresma nos invita a prepararnos para celebrar el misterio pascual, recordando nuestro bautismo e inculcándonos el espíritu y la práctica penitenciales que detestan el pecado por cuanto es ofensa a Dios sin olvidar las consecuencias sociales de ese pecado. "Cada Cuaresma y cada Pascua son una vez más, el redescubrimiento y la recuperación de aquello que fuimos hechos por nuestra muerte y resurrección bautismales". Por eso somos llamados a remar "mar adentro" en la profundidad de nuestra existencia para "recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre"(Novo Millennio Ineunte 1). Experiencia gozosa de la misericordiaA lo largo del Año Jubilar os pedí en diferentes ocasiones que nos pusiéramos en actitud de escucha para oír lo que el Espíritu nos decía en medio de los logros, las deficiencias e inquietudes pastorales que se manifiestan en nuestra Iglesia diocesana. Sigue siendo necesario afinar los silencios de nuestra alma y en medio del desierto cuaresmal escuchar atentamente la Palabra que se nos ha dicho en Cristo que debe estar en nuestros criterios, reflejarse en nuestras actitudes y ser testimoniada por nuestras obras. El sigue realizando su proyecto de amor al hombre a quien encuentra en su circunstancia concreta, cualquiera que esta sea, debiendo "aguzar la vista para ver la obra de Jesús y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos"(NMI 58). Nuestra meta es configurarnos con Cristo. Ningún espacio de nuestra vida debe quedar vacío. Todo tiempo es tiempo de Dios y por tanto de gracia, tiempo de encontrarnos con la hondura de nuestra persona en su dimensión humana y trascendente que nos compromete a construir una sociedad nueva en un mundo nuevo, donde el amor y la verdad se den cita, la justicia y la paz se abracen, donde no haya lugar para el refugio tentador de la desesperación que lleva a renunciar a todo compromiso con la historia y su transformación. "La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra"(GS 39). Esta Cuaresma tiene que ser un momento de experiencia gozosa de la misericordia de Dios en la situación concreta en que cada de uno de nosotros vive y se encuentra. A veces, por miedo, por desánimo o por desesperación queremos escapar de la realidad ordinaria de nuestra vida, pretendiendo buscar a Dios en las cosas extraordinarias. Cristo nos espera siempre en nuestra realidad personal porque El nos quiere a nosotros, no a nuestras cosas, y nos acompaña a cada uno personalmente unas veces diciéndonos como a Nicodemo que tenemos que renacer de nuevo, otras como a Pedro haciéndonos un examen de amor, otras como a la mujer pecadora preguntándonos quién nos condena, otras como a Tomás pidiéndonos un especial acto de fe, otras como al hijo pródigo animándonos a dejarnos mirar por la bondad de Dios. Después de este encuentro todo fue distinto en sus vidas y todo será distinto en nuestras vidas. Participación en los SacramentosEsto nos ayuda a superar todo desánimo y nos motiva a recibir el sacramento de la Reconciliación, "que para un cristiano es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo" y a participar en la Eucaristía, manteniéndonos constantes en la escucha de la palabra de Dios, siempre necesaria para la evangelización y la catequesis. Ninguno, queridos diocesanos, debería sentirse obligado sino más bien necesitado de participar en la Eucaristía el domingo, porque ha descubierto que "Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha del Padre e intercede por nosotros"(Rom 8,34), está presente sobre todo bajo las especies eucarísticas como quien nos amó y se entregó por nosotros. Esta experiencia del amor de Dios evitará que nos perdamos en el anonimato, diluyendo nuestra propia identidad porque "la Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es el antídoto más natural contra la dispersión"(NMI 36). La caridad como expresión de vida cristiana"Todos los cristianos de cualquier clase y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor"(LG 40). De manera especial en estos días, la Iglesia llama a hacer oración, a practicar el ayuno y a dar limosna. "Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios"(NMI 33). La única señal de haber orado, es la caridad como "práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano" en el amplio horizonte de nuestra civilización porque amar es sentirse responsable de toda miseria humana. Todo encuentro con el Señor nos lleva al encuentro con los demás: con toda persona que está enferma, que pasa hambre, que se siente marginada, que es maltratada, que vive el dolor de la familia rota, que no encuentra sentido a su vida, que de una manera u otra es pobre, que busca paraísos perdidos en la droga, el hedonismo y el consumo. El Papa nos señala que "no debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede quedar excluido de nuestro amor, desde el momento que con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre... Es la hora de una nueva imaginación de la caridad que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como una limosna humillante, sino como un compartir fraterno"(NMI 49.50). Con este estilo de vida hemos de andar el camino para poder celebrar gozosamente la muerte y resurrección del Señor. La Cuaresma no es un fin en si mismo sino una referencia a la Pascua que anuncia la liberación de todas las esclavitudes. La meta es la incorporación a este misterio pascual que se inició en nuestro bautismo. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,
Arzobispo de Santiago de Compostela |