Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago

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6. CARTA PASTORAL A LOS MIEMBROS DE VIDA CONSAGRADA.
FEBRERO 2001

Queridos diocesanos y diocesanas:

Con todo afecto me dirijo a vosotros y a vosotras, reconociendo y agradeciendo al Señor el don de la Vida Consagrada a través de vuestra presencia en la Archidiócesis. No puede pasarnos desapercibida en la fiesta de la Presentación del Señor la invitación que la Iglesia nos hace para recordar que la Vida Consagrada «está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposos» (VC 3).

Diversos carismas en único camino

Cuando comenzamos el tercer milenio del cristianismo, contemplamos este árbol que hunde sus raíces en la tierra siempre fecunda del Evangelio. Mirar a sus ramas es tomar conciencia de la multitud de formas históricas de la Vida Consagrada suscitadas por el Espíritu. Cómo no admirar los valores evangélicos de la vida monástica que ha hecho de los monasterios « un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del Espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de diálogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial» (VC 6). También nos encontramos con los Institutos dedicados de lleno a la contemplación que testimonian el vigor de las tradiciones ascética y mística cristianas. Por otra parte, contamos con los religiosos y religiosas que se han dedicado a la actividad apostólica y misionera, y a las múltiples obras que la caridad cristiana ha suscitado al servicio del pueblo, de Dios. En otra perspectiva, los miembros de Institutos seculares viven la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión de los consejos evangélicos, intentando transformarlo desde dentro con el espíritu y el dinamismo de las Bienaventuranzas. Una huella indeleble dejan también en el devenir de la Iglesia las Sociedades de Vida apostólica cuyos numerosos frutos percibimos en historia de la caridad y de la difusión misionera del Evangelio. Otras formas de vida consagrada están surgiendo hoy en la Iglesia, testimoniando la perenne juventud y vitalidad de la misma. « Es la unidad de dones en la unidad de camino».

Signos para el hombre de hoy

La falta de sensibilidad espiritual, no ajena al hombre de hoy, lleva a considerar a los miembros de Vida Consagrada con incertidumbre y, no pocas veces, con indiferencia. Como en tiempo de Jesús, es reincidente la pregunta: ¿qué signos ofrecen? En una sociedad como la nuestra donde muchas personas ignoran los caminos para volver a Dios, este estilo de vida, siguiendo a Cristo, virgen, pobre y obediente hasta la muerte de cruz, con una fidelidad que llega hasta el martirio, también en nuestros días, es un «testimonio de afirmación de la primacía de Dios y de los bienes futuros».

Con la profesión de los Consejos evangélicos: castidad, pobreza y obediencia, vividos desde el carisma vocacional con el que habéis sido enriquecidos al servicio de la comunidad eclesial, nos ofrecéis los signos de la vida apostólica. Configurados particularmente con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, «nuestra esperanza», sois testimonio y profecía de su vida nueva. Vuestra forma de vida no es un menosprecio ni un empobrecimiento de valores auténticamente humanos,. No es una negación del valor de la sexualidad, ni de los bienes materiales ni tampoco de la libertad sino la afirmación del único bien absoluto que es Dios para el hombre, recordando que hemos sido amados y elegidos en su Hijo.

En esta dimensión pascual, al profesar la castidad consagrada, siendo la virginidad amistad íntima con Cristo y desposorio con Él, os convertís en una «provocación» para una cultura hedonística que reduce la sexualidad a una realidad más de consumo sin el respeto y consideración a la dignidad de la persona humana. La castidad perfecta, providencia del amor de Dios, manifiesta la fuerza divina en medio de la debilidad humana, pues «lo que a nosotros nos parece imposible, para Dios no lo es». Con la pobreza evangélica, promocionadora de solidaridad y fraternidad, sois una «provocación» para tantas personas, ávidas de tener y poseer, que olvidan a los desposeídos y débiles de esta tierra. En la historia de la Iglesia encontramos hermosas páginas de solidaridad evangélica y de entrega heroica, escritas por los que han correspondido a la llamada de vivir su vida «oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 3), en encuentro solidario con las distintas pobrezas que conlleva la existencia humana. El voto de obediencia os configura como una «provocación» para los que consideran la libertad prescindiendo de la relación entre verdad y norma moral y pretenden afirmarse en la autosuficiencia. No existe contradicción entre obediencia y libertad como se manifestó ya en Cristo Jesús, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15) y hombre perfecto, cuyo alimento era hacer la voluntad paterna (Jn 4, 14). En la vida comunitaria encontráis el ámbito de discernimiento y de acogida de la voluntad de Dios.

Exhortación final

Como custodio y animador de esta herencia espiritual, de esta historia de gracia manifestada en los diversos carismas en esta Iglesia particular, termino con las palabras del Papa en la Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte». «¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo» (n. 58). Doy gracias a Dios por vuestro servicio pastoral en la Archidiócesis y pido que os mantengáis firmes, esperanzados y alegres en vuestro santo propósito.

Encomendándome a vuestra oración, os saludo fraternalmente y bendigo en el Señor.

> Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela