Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago

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4. CARTA PASTORAL A LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS EN LA CLAUSURA DEL AÑO SANTO ROMANO. ENERO DE 2001

Queridos y queridas jóvenes:

Me dirijo a vosotros con el ánimo de haceros partícipes de las preocupaciones y esperanzas que vive nuestra Iglesia diocesana. Acabamos de celebrar el Gran Jubileo del año 2000. Como el Papa ha dicho, «la Puerta Santa se cierra, pero la Puerta viva, Cristo, seguirá abierta». Para todos este acontecimiento jubilar ha sido una intensa experiencia de fe que no debemos echar en saco roto. En medio de las no pocas zozobras que vivís en vuestro interior, en el ámbito familiar y en la realidad social y cultural de este momento histórico, os animo a cuidar vuestra educación en la fe a través de la participación en la catequesis y de las clases de Religión católica, y reafirmar día a día vuestra adhesión a Cristo, expresada en la oración y en la participación de la Eucaristía. Ahondar en conocimiento de Cristo y de su Evangelio nos obliga a dar respuesta a tantos interrogantes que se nos presentan en la búsqueda del sentido de nuestra vida.

Muchos de vosotros estáis preparándoos para recibir el sacramento de la Confirmación, otros ya lo habéis recibido. En algunas parroquias he tenido el gozo de encontrarme ya con algunos de vosotros por este motivo o por razón de la visita pastoral. Es un momento en el que de manera especial desearía hablar largamente de las inquietudes que os preocupan y que comentáis entre vosotros mientras vais por el camino de vuestra vida, como hacían los discípulos de Jesús, manifestando unas veces su extrañeza y otras su admiración sobre el mensaje que le oían. Así en aquella ocasión en que les dijo: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo» (Jn 6-51), le criticaron diciendo: «Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla? (Jn 6, 60). En otro momento en que Jesús preguntó a los doce que le seguían mas cerca: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 67-68). ¿No os pasa también a vosotros lo mismo en algunas ocasiones cuando oís el mensaje de Jesús y las enseñanzas de la Iglesia, fundada por Él? A veces os sentís incómodos. Pero la respuesta de Pedro es muy orientadora.

Quiero recordaros de manera especial la llamada a la santidad que el Señor nos hace a todos. «La santidad, como escribe el Papa, es intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto y humilde; es amor sin reservas a las almas y entrega a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos porque es la misión que Crsito le ha confiado. Cada uno de vosotros debe ser santo también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad.

En los amaneceres de este tercer milenio del cristianismo, me da una gran confianza haceros partícipes de una preocupación, entre otras, que tengo presente en mi oración todos los días. Esta preocupación es la escasez de vocaciones a la vida religiosa y al sacerdocio. Toda vocación cristiana es un don de Dios. La vocación sacerdotal es un don infalible del amor de Dios al hombre. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16), les dijo Jesús a sus apóstoles. Ya sé que encontráis no pocas dificultades a la hora de decidiros, pero no hagáis oídos sordos a la llamada del Señor que os dice: «Ven y sígueme» (Mt 19, 21). Hoy, me hago eco de esta llamada para vosotros. La Iglesia espera vuestra respuesta. Hablad con vuestros sacerdotes, con vuestros padres y con vuestros catequistas sobre las cosas de Dios en vuestra vida.

Me despido de vosotros, pidiéndoos que consideréis atentamente estas palabras del apóstol San Juan: «Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno. No améis al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo -los apetitos desordenados, la codicia de los ojos y el afán de grandeza humana- no viene del Padre sino del mundo. El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 14-15). También yo espero vuestra respuesta y cuento con vuestra ayuda y oración en la misión que me ha sido confiada, con la colaboración del Sr. Obispo Auxiliar, al servicio de esta Iglesia que peregrina en la Archidiócesis compostelana.

Con los mejores deseos, os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

> Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela