Boletin Oficial del Arzobispado de Santiago

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3. HOMILÍA EN LA CLAUSURA DEL AÑO SANTO ROMANO 2000

¡< Se postrarán ante Ti, Señor, todos los reyes de la tierra»! Estamos clausurando el Gran Jubileo de toda la Iglesia en el que de manera especial hemos sido invitados a poner nuestra mirada en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, patrimonio fruto de la gratuidad de Dios para toda la humanidad, y a leer los signos de los tiempos en fidelidad a la palabra del Evangelio y al amor fraterno. La providencia divina nos ha deparado una ocasión propicia para realizar una verdadera conversión, redescubriendo el amor misericordioso que Dios siente por todos nosotros, llamados a la santidad. Las celebraciones de este Año Santo nos han introducido en el misterio de la gracia que se está realizando en el misterio del mal, del pecado en el que nos vemos inmersos, pero sabiendo que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Podemos decir: «Todo es gracia» porque cha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que su propia misericordia nos ha salvado. Así justificados por su gracia, somos en esperanza herederos de la vida eterna» (Tit 3, 6-7). Cristo sigue siendo la Puerta. La Iglesia es Puerta Santa que acoge a todos, llena de compasión y comprensión por las penas y sufrimientos de los hombres. Ella consuela, vive, comparte y anuncia el Evangelio de la Esperanza.

Peregrinos indigentes de salvación

«Caminemos con esperanza. Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo». El Señor nos ha concedido cruzar el umbral del futuro del tercer milenio del cristianismo. Él está con nosotros, camina con nosotros y con la fuerza de su Espíritu nos renueva constantemente. El hecho de la encarnación revela perceptiblemente el Amor del Padre a todos los hombres. Todos necesitamos reconocernos absolutamente y participar en el misterio redentor de Cristo. Somos indigentes de salvación y nos acercamos a ella por la fe, don gratuito por parte de Dios y responsabilidad coherente y agradecida por nuestra parte. La inconsciencia o la irresponsabilidad fácilmente originan en muchos cristianos un cómodo reduccionismo de la fe para no vivirla con todas sus consecuencias. Una fe inoperante y estéril tanto para el propio creyente como para los demás hombres que aún no conocen a Cristo, es como la sal que ha perdido el sabor. Por eso el Señor nos advierte: « Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 20). « No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21). No podemos ser cristianos de vanos evangélicamente vacías; cristianos incapaces de manifestar el Misterio de Cristo, en medio de una humanidad que busca a Dios, fuente de salvación.

Invitados a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía

Durante todo el año hemos sido invitados a participar en la mesa de la Palabra. «El pan de la Palabra es alimento que da vigor, ilumina la mente, confirma la voluntad, enciende un ardor renovado, renueva la vida»( DV 23). En nuestra Catedral hemos tenido expuesto el Evangelio, la Buena Noticia, la Palabra de Dios que es luz para nuestros pasos, y que tiene que encontrar un lugar privilegiado en nuestros hogares como regla suprema de la propia fe, y en cada uno de nosotros como juicio de Dios sobre la historia, sobre la vida y sobre la misma Iglesia en su condición de peregrina, y de comunión de santos y de pecadores en camino hacia la casa del Padre. La Palabra de Dios alimenta nuestra fe, inspira nuestra vida y nos lace juzgar el modo de estar como cristianos en la historia y en la convivencia con os demás. Es preciso que podamos decir con el salmista: «En el silencio de la noche medito tu palabra; en el corazón de la noche me levanto para leer la palabra; me consuelo con tu palabra; tu palabra me da alegría..., día y noche medito tu palabra» (Ps. 119). El anuncio de esta Palabra de salvación hemos de llevarlo a todos, también a los que están alejados. «Poned por obra la palabra y no os contenéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Sant. 1, 22). También hemos ido invitados a participar en la mesa de la Eucaristía, de la Palabra hecha carne entregada por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Encontrarnos con Cristo, contemplarle y vivir la comunión con Él en la Eucaristía engendra una comunión eclesial, fraterna, capaz de unir con un vínculo de amor a todos los que participan en la misma mesa. Es una comunión que se realiza de forma concreta en la propia historia: «Perseveraban en oír la enseñanza de los Apóstoles, y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración. Todos los que creían vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común» (Hech 2, 42-44).

Retos da nosa adhesión a Cristo

A festividade de hoxe recórdanos que a gloria de Deus amanece sobre nós, que todos somos coheredeiros e partícipes da promesa de Xesucristo que salva a tódolos homes de calquera raza ou nación; os que o buscan coma os magos, os sinxelos, incluso os alonxados, descobren e aceptan ó Cristo. A luz de Deus brilla para todos pero hai que saber interpretala, deixarnos alumar por ela e seguila. A alba do terceiro milenio do cristianismo, renovando a nosa adhesión a Cristo, habemos de reafirmar o compromiso da solidariedade cos nosos próximos, espeialmente os máis necesitados, afrontando o desafío do consumismo que nos fai afanarnos polos bens superfluos esquecendo as necesidades dos pobres; afrontando o desafío da secularización que excluíu definitivamente a Deus de moitos ámbitos da vida, asumindo o compromiso da evanxelización; afrontando o desafío da inmoralidade que se basa na fractura entre a verdade e a liberdade, e afrontando o desafío da inmigración acollendo a xentes que pertencen a culturas, razas e relixións diferentes ós que nos podemos cerrárllesles as nosas portas.

Objetivos de nuestra preocupación pastoral

Demos gracias a Dios por su bondad y misericordia para con nosotros. Evangelicemos para que el hombre del siglo XXI manifieste su dimensión religiosa y espiritual, defienda en todo momento el valor de la vida y descubra la importancia del papel de la familia cristiana, coherente con las normas morales, «para que el hombre que nace y se forma en ella, emprenda sin incertidumbre el camino del bien, inscrito siempre en su corazón». Colaboremos al renacimiento pastoral de nuestra Iglesia diocesana. Pidamos que no se obscurezca la conciencia moral, no se deforme lo que es verdadero, bueno y bello, y que la libertad no sea suplantada por una verdadera y propia esclavitud. Al clausurar este Gran Jubileo, os anuncio gozosamente el próximo Año Santo Compostelano 2004: Preparemos ya desde ahora, siendo levadura en medio de la masa, esta celebración en la que invitamos ya desde ahora a participar a todo hombre de buena voluntad, «por gracia peregrino aquí abajo, por gracia ciudadano allá arriba». Con el patrocinio del apóstol Santiago y bajo el amparo de la Virgen María proclamamos la grandeza del Señor, alegrándose nuestro espíritu en Dios nuestro Salvador. Amén.