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HOMILÍA
EN LA FIESTA DE LA TRASLACIÓN DEL APÓSTOL
30 de diciembre de 2000
En
los albores del tercer milenio del cristianismo, la celebración de la
traslación del apóstol Santiago sigue siendo para todos una referencia
evangelizadora que nos recuerda la preocupación de anunciar el mensaje de
Jesús a todos los pueblos. Esta providencia de Dios en su sabiduría y
amor, día a día, se nos manifiesta en los peregrinos que con el deseo de
ponerse en contacto con la tradición apostólica, visitan la tumba del Apóstol
en esta Ciudad que con méritos sobrados
se ha significado este año como Capital Europea de la Cultura en la que
se ponen de manifiesto los valores cristianos. El cristianismo es religión
de testimonio y es tradición de un origen normativo al que se adhieren
los oyentes, teniendo en cuenta el testimonio del testigo, manteniéndolo
y transcendiéndolo por la fe. "Seréis mis testigos", dice el
Señor. Durante todo este año Jubilar hemos puesto nuestra atenta mirada
en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, centro del tiempo y
sentido de la historia. "El Cristo‑Dios es la patria adonde
vamos; el Cristo‑hombre es el camino por donde vamos. Vamos a El y
vamos por El. ¿Cómo temer extraviarnos?", escribe san Agustín. Su
ministerio público, su pasión y su resurrección son los indicadores
para la bienaventuranza.
El
cristianismo, verdad de salvación
En esta hora de gozo y de esperanza que nos toca vivir,
es preciso repensar los contenidos de nuestra fe para descubrir el
proyecto de salvación de Dios sobre el hombre en su totalidad y para
ejercer un influjo en el modo de entender el sentido de la vida. No son
ajenas a nuestra cultura actual las heridas del pragmatismo y de un pseudo
laicismo que pretende ocupar el espacio de la dimensión religiosa. En
esta situación es necesario avivar la conciencia cristiana de nuestra fe:
"Creer significa ir hacia Cristo, hacia el punto de mira en que El
está. Ver con sus ojos. Medir con sus criterios". La Revelación
manifestada en Cristo es esencialmente una verdad de salvación que
proporciona fundamento a las profundas aspiraciones de todo hombre. La
existencia cristiana se fundamenta sobre la fe de la Revelación que
define al hombre como imagen de Dios en camino hacia la plena libertad.
Esta semejanza con Dios implica la capacidad de dominar el mundo pero este
dominio no ha de ser entendido como egoísmo y violencia sino como búsqueda
de perfección. "El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se hizo
carne de modo que siendo Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara
todas las cosas. El Señor es el fin de toda la historia humana, el punto
en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización,
centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus
aspiraciones. El es a quien el Padre resucitó de entre los muertos, exaltó
y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos.
Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación
de la historia humana que coincide plenamente con el designio de su amor:
Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra"(CES
45).
La
verdad: canon de valor y vínculo de moralidad
Esta
es la verdad que nos ofrece el mensaje cristiano, urdimbre de nuestra
convivencia: "Cuando el hombre rechaza la verdad, enferma. Ese
rechazo no se da ya cuando el hombre yerra, sino cuando abandona la
verdad; no cuando miente, aunque lo haga profusamente, sino cuando
considera que la verdad en si misma no le obliga; no cuando engaña a
otros, sino cuando dirige su vida a destruir la verdad. Entonces enferma
espiritualmente... El espíritu está esencialmente referido a la verdad;
si esa relación se destruye, el espíritu enferma". Para el hombre
de todos los tiempos "el problema es que la verdad deje de ser para
él un canon de valor y un vínculo personal de moralidad". La verdad
nos hace libres y la libertad crece desde el amor que gratuitamente se nos
ha otorgado en Jesucristo: "Es nuestro señor Jesucristo y Dios Padre
nuestro, el que nos ha amado y nos ha dado un aliento eterno y una bella
esperanza en gracia"(2Tes 2,16). La esperanza, "determinación
fundamental de la estructura del mundo, principio siempre presente y
actuante en la realidad objetiva y rasgo constitutivo del ser
humano"(E. Bloch, El principio esperanza),
es fruto de la fe y de la caridad. Por eso, el cristianismo como
religión de la esperanza, surge de la encarnación de Dios en el mundo.
"Dios prueba su amor hacia nosotros en que siendo pecadores, murió
Cristo por nosotros... Cuando todavía éramos débiles, Cristo a su
tiempo murió por los impíos... Siendo enemigos fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su Hijo"(Rom 5,6-10).
Paz
y solidaridad, compromiso de nuestra fe
Esta
visión, conforme a la imagen de Cristo, configura la existencia del
hombre nuevo a la que hemos sido llamados y en la que, abrazados a la
verdad, debemos crecer en el amor manifestado en el servicio, "igual
que el Hijo del Hombre que no ha venido para que le sirvan, sino para dar
su vida en rescate muchos". Nuestra fe nos compromete en esa lucha
constante por la justicia frente a la arbitrariedad, y por la paz frente a
todo tipo de violencia que convierte en muerte lo que se nos ha dado como
vida. El terrorismo, "intrínsecamente perverso", quebranta el
orden de la justicia y de la paz con asesinatos y extorsiones, y con su lógica
de muerte "manifiesta hasta donde se puede llegar cuando la inspiración
ética queda relegada o sometida por ideologías radicalizadas y
absolutizadas". También en las circunstancias actuales nuestra fe
nos llama a trabajar por la solidaridad ante los desequilibrios económicos
y sociales en el horizonte de una globalización económica que en algunos
casos concibe a la persona como un consumidor y a los pueblos como un
mercado. El crecimiento económico y la competitividad no deben ser medios
generadores del enriquecimiento de unos pocos y de desigualdades profundas
que nos impiden acoger a los que, de dentro o fuera de nuestros límites
geográficos, esperan la respuesta de unas mejores condiciones de vida. Es
preciso mundializar la solidaridad y fundamentar la cultura de la paz en
la cultura de los derechos humanos, colaborando a construir una sociedad más
solidaria y fraterna.
Función
da Igrexa na sociedade
"A
compenetración da cidade terrea e celeste só pode percibirse pola fe, máis
ainda, segue sendo un misterio para a historia humana perturbada polo
pecado ata a plena revelación da claridade dos fillos de Deus. A igrexa,
ó busca-lo seu propio fin salvífico, non só comunica ó home a vida
divina senón que tamén derrama a súa luz reflexada en certo modo sobre
todo o mundo, especialmente en canto sana e eleva a dignidade da persoa
humana, fortalece a consistencia da sociedade humana e impregna dun
sentido e dunha significación máis profunda a actividade cotiá dos
honres"(GS 41), contribuindo desta maneira a humanizar máis a
familia dos homes e a súa historia.
Os
creentes vivimos cunha mirada posta na esperanza do xuizo de Deus,
convencidos de que só cando toda mentira haza sido desenmascarada e toda
apariencia haxa sido posta ó descuberto, comezará a existencia nova,
"sabendo que quen resucitou ó Señor Xesús, tamén con Xesús nos
resucitará e nos fará estar convosco". Este xuizo porá de relevo
que tódolos encubrimentos e falsedades que fan as veces tan escura a nosa
existencia terrea no aspecto moral mostrarán a súa vaciedade, recoñecendo
o valor das actitudes morais e o verdadeiro sentido relixioso-moral da
historia. Confrontar a nosa vida e a nosa actividade coa palabra de
Cristo, e vivir o Evanxeo da xustiza e da caridade, teñen que ser os parámetros
constantes das nosas accións e opcións.
Encomendo
as súas súpricas, Excmo. Sr. Delegado Rexio, á protección do Apóstolo
Santiago, tendo en conta os problemas das nosas xentes do mar e do mundo
rural, pedindo que os nosos xoves asuman con esperanza a cultura da vida e
da paz, lembrando con todo afecto as familias que sufriron as
consecuencias inhumanas do terrorismo irracional e suplicando que remate
xa esta praga, petición que en toda a diócese faremos de maneira
especial o primeiro día do ano, xornada mundial da paz. Que o Señor
bendiga á Familia Real, os nosos gobernantes, a súa familia, Sr.
Oferente, e a todos nós. Amén. |
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