|
Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago |
||
|
4. Carta Pastoral en el Octavario de Oración «Todas nuestras fuentes están en Ti» (Ps 86,5) Queridos diocesanos: Dentro de los grandes objetivos pastorales que el Papa nos propone al comienzo de este milenio es el de promover la comunión en el delicado ámbito del campo ecuménico. «El deseo de restablecer la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los Pastores, a cada uno según sus posibilidades así en la vida diaria cristiana como en las investigaciones teológicas e históricas» (UR 5). Esta preocupación ha de ser una inquietud viva en nuestro peregrinar cristiano, pero si cabe de manera especial en estos días del octavario en que se nos convoca para orar con insistencia a Dios Padre, pidiendo por la unidad de los cristianos. «La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación, que todos sean uno, es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades» (NMI 48). Elegidos antes de la creación del mundo Con esta confianza vamos descubriendo nuevas perspectivas que surgen de esa unidad que nos identifica como seguidores y discípulos de Cristo Jesús, Fundador de la Iglesia, que vino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia y Él es quien nos conduce a la vida. En este sentido la reflexión para este octavario parte de este texto bíblico: «En Ti está la fuente de la vida» (Ps 36, 6). Nuestra salvación es fruto del amor de Dios manifestado en Cristo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). En Cristo, nuestro hermano y cabeza, hemos sido santificados todos y descubrimos nuestra condición de hijos de Dios, miembros de una familia humana con unas obligaciones que como creyentes no podemos olvidar y que se contrastan en nuestras obras de caridad, atendiendo a las necesidades materiales y espirituales. Nuestra fuente de vida es la adhesión a Dios Padre que nos «eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia» (Ef 1,4). Bautizados en Cristo Los cristianos hemos sido bautizados en Cristo. «Nadie puede entrar en el Reino de Dios sino nace del aguay del Espíritu» (Jn 3,5). La gracia del Bautismo ha de con figurar nuestra existencia, ya que «bautizarse es asumir el ser y el existir de Cristo como referencia propia de origen, forma de hacer y actitud ante el futuro. Los demás aspectos —profesión de la propia fe, purificación de los pecados, inserción en la comunidad, constitución en testigo del Evangelio ante el mundo—, vienen exigidos por este primer sentido»1. Desde esta comprensión «la Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro. En las Iglesias y comunidades cristianas no católicas existen en efecto muchos elementos de la Iglesia de Cristo que permiten reconocer con alegría y esperanza una cierta comunión, si bien no perfecta» 2 Cuando son tantos los impulsos de disgregación causados por nuestro pecado, es urgente redescubrir el significado de nuestro bautismo que nos ha hecho miembros del mismo cuerpo de Cristo, formando la gran familia de los hijos de Dios llamada a vivir la vida nueva en Cristo. Las divisiones que padecemos, las incomprensiones que nos hacen sufrir, el olvido y a veces el desprecio de los unos para con los otros nos llevan a obscurecer el auténtico significado de nuestra inserción en la vida y en el amor de Dios, «pues su amor vale más que la vida» (Ps 63,4). Vivir en una vida nueva Las exigencias de esta nueva vida en Cristo son: vivirla unidad en el amor que nos lleva a mostramos «solícitos en conservar mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu» (Ef 4, 3); descubrir la pluralidad de dones que nos «capacita a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la taita de Cristo» (Ef 4, 12-13); desterrar la mentira y andar en verdad ya que somos miembros los unos de los otros» (Ef 4, 25); presentarnos siempre con la bondad, la compasión y el perdón mutuo como Dios ha tenido misericordia de nosotros y nos ha perdonado por medio de Cristo (cfr. Ef 4, 32); hacer del amor la norma de nuestra vida «a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios» (Ef 5, 2); y «vivir en constante oración y súplica guiados por el Espíritu» (Ef 6, 18) para que haya «un solo rebaño y un solo pastor». Sólo con estos indicadores de los que se derivan unas actitudes concretas en el peregrinar de nuestra existencia, podremos ir allanando las dificultades que nos impiden caminar hacia la plena comunión de todos los cristianos y profundizar serenamente en una relación de apertura y en un diálogo, paciente, confiado y no siempre fácil, con las otras religiones, sabedores de nuestro compromiso como creyentes empeñados en ofrecer un testimonio vivo de esperanza. Como manifiesta Juan Pablo II, «el camino ecuménico es ciertamente laborioso, quizás largo, pero nos anima la esperanza de estar guiados por la presencia de Cristo Resucitado y por la fuerza inagotable de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas» (NMI 12). En todo caso, siempre podemos vivir el espíritu ecuménico a través de la oración que abarca a todos los hombres. Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,
Arzobispo de Santiago de Compostela
1. O. GONZALEZ DE CARDEDAL, La entraña del Cristianismo, Salamanca 1998, p. 855. 2. CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada considerada como comunión, n. 17. Roma, 28 de mayo de 1992. |