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DELEGACIÓN PASTORAL FAMILIAR IV ASAMBLEA HOMILÍA DE D. JULIÁN BARRIO |
| Delegación Pastoral Familiar de Santiago de Compostela |
Jubileo Agentes de Pastoral Familiar
17 de abril de 2004 / 18.00h / Catedral de Santiago
Queridos oferentes.
Saludo también con todo el afecto a los miembros y participantes en la Asamblea Diocesana de la Familia.
Excmo. Cabildo Metropolitano.
Queridos hermanos, sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos.
Saludo afectuosamente a los niños que nos acompañan en esta celebración
Y a todos vosotros, queridos peregrinos, hermanos y hermanas en el Señor.
Bienvenidos todos en este atardecer a esta Casa del Señor Santiago a la que habéis llegado como peregrinos de la fe y como peregrinos de la esperanza, con esa preocupación de vivir esa conversión que de manera esperanza nos pide la celebración de este Año Santo Compostelano. Una conversión que nos tiene que llevar a mirar constantemente a Dios para que así podamos también mirar con mirada limpia a los demás. Volver a Dios es siempre volver al Hombre y encontrarse de verdad con el Hombre es siempre encontrarse con Dios. Por eso, venir a Santiago es encontrarse con la fe de los apóstoles, esa fe que nos ha unido a todos en este atardecer; es encontrarse con los orígenes de la tradición apostólica, que tiene que estar en la base de nuestra actuación, de nuestros criterios y de nuestros comportamientos. Y todo ello apoyándonos en la Palabra de Dios, alimentándonos con el Pan de la Eucaristía y encontrando siempre esa misericordia y ese perdón en el Sacramento de la Penitencia. Así, vamos haciendo peregrinación hacia la Casa de Dios nuestro Padre.
Los Hechos de los Apóstoles recogen esa aspiración de toda la comunidad humana. Sólo se puede creer de verdad en el Señor de la Vida y vivir según su nuevo estilo, compartiendo nuestra vida y nuestra muerte comunitariamente. La fe en Jesucristo despierta en nosotros una esperanza viva que sabe luchar y trabajar en medio de las pruebas, que sabe purificarse en la fragua del sacrificio, confiando en la manifestación definitiva de Cristo el Señor.
Como acabamos de escuchar en el Evangelio, Jesús se presenta a sus discípulos y los pacifica, les devuelve la fe, los vivifica. Paz, perdón y misión. Esta fue la primera experiencia pascual que vivió aquella primitiva comunidad cristiana.
En esta perspectiva hemos de contemplar de manera especial hoy la familia. Por estar precisamente en el centro de la vida, es la realidad más sensible a los cambios culturales de la historia y a los modos de comprender al hombre, la existencia y la relación con la realidad que nos rodea. “El alejamiento de Dios, el eclipse de los valores morales, ha favorecido también el deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de las separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces separados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional”. La pérdida del sentido de la vida y del valor de la dignidad de la persona humana que está caracterizada por la cultura de nuestros tiempos, están repercutiendo también en el ámbito de la vida familiar.
La familia, “santuario del amor y de la vida”, ha de ser “verdadera iglesia doméstica”, lugar de encuentro con Dios, centro de irradiación de la fe, escuela de vida cristiana, semilla de esperanza para el futuro, hogar que se convierte en espacio y lugar en donde la intimidad y la madurez personal se aprenden y se van desarrollando. Promover los valores permanentes del matrimonio y de la familia cristiana y presentarlos con toda autenticidad no es sólo un reto sino una necesidad para todos los matrimonios cristianos. “El futuro de la humanidad se fragua en la familia; por consiguiente, es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”.
El compromiso de la familia, como comunidad creyente y evangelizadora donde el Evangelio es transmitido, brota de las mismas entrañas de la fe. Esta responsabilidad conlleva transmitir el Evangelio con el testimonio y las obras, dejarse evangelizar procurando día a día el acercamiento al Evangelio.
La vida humana y la familia “son hoy objeto de ataque y están amenazadas por corrientes de pensamiento, legislaciones, prácticas, modelos de vida y comportamiento que representan grandes desafíos y tratan de destruir y deformar la familia”. No son pocas las amenazas deshumanizadoras contra la familia. La miseria y la indigencia, la migración, la prostitución infantil y juvenil, la drogadicción son enemigos sociales de la familia. En medio de este ambiente la única esperanza es que el proyecto cristiano de santidad impregne el amor humano y la convivencia familiar. Es necesario contemplar en profundidad la belleza de la vida. La familia es camino privilegiado para la humanización. El futuro de la familia tiene mucho que ver con el futuro de la búsqueda de la libertad humana auténtica. La ley del mercado no puede penalizar la familia que es gran bien y necesaria para la vida, el desarrollo y el futuro de los pueblos. Ante estas dificultades, es preciso fomentar y favorecer los grupos de matrimonios cristianos que, insertados en la comunidad parroquial, den una respuesta a la demanda de la pastoral familiar hoy. Relegar la familia a un papel subalterno y secundario, marginándola del lugar que le corresponde, significa causar un grave daño a todo el cuerpo social. La familia ha de encontrar espacio en la sociedad para colaborar en el progreso, la justicia y la paz. El futuro de la familia ya ha comenzado en este ahora en la que nos encontramos. Sigue siendo buena noticia. Proclamemos esta buena noticia.
Fecha de última
actualización
sábado, 22 de mayo de 2004
ã Delegación de Pastoral Familiar de Santiago de Compostela